En la línea de fuego 388
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—Sí, Matthew Adams. Todavía recuerdo su nombre.

—Oh, sí. Sé quién es. Ese tío trajo muchos problemas. A ver si lo adivino, te agredió sin ningún motivo.

—Y no sólo eso —afirmé—. Insinuó que había matado a alguien, y parecía bastante importante para él.

—¿Te dijo eso? Pues sí que estaba majareta.

Amelia se detuvo de repente y enfocó con la linterna hacia algo que vio en el suelo helado. Se agachó para recogerlo y lo analizó, haciendo que su expresión se transformara abruptamente.

Una pulsera.

—Era de Emily —murmuró, perpleja.

Amelia y yo nos miramos por un instante, estupefactas.

Sentí que un escalofrío recorría mi espalda al escuchar el nombre de una de las chicas desaparecidas.

—¿Estás segura?

—Sí, se la vi puesta.

Eso significaba que estábamos siguiendo el rastro correcto.

Se levantó, guardándose la pulsera en uno de sus bolsillos, y seguimos avanzando por el desagüe. El ambiente cerrado y húmedo se volvía más opresivo ahí dentro. No sé si tenía más miedo de encontrarlas o no. Habían pasado muchas horas desde que las secuestraron. Quién sabe si seguirían vivas.

La nieve, que en algún momento debió infiltrarse desde la superficie, se había acumulado en pequeños montones en las esquinas. El agua que goteaba de las paredes se congelaba antes de llegar al suelo, formando estalactitas y creando un paisaje gélido y desolador.

Mientras mis ojos dibagaban por las paredes distraídamente, noté algo inusual.