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—¿Sabes qué hace una abeja en un gimnasio?
—¿Qué. .? —titubeé, confundida.
Antes de que pudiera especular, ella misma respondió con entusiasmo:
—¡Zum-ba!
Mi rostro pasó de la confusión inicial a una expresión completamente perpleja. Una pequeña sonrisa se asomó en los finos labios de Amelia, divirtiéndose por mi reacción de desconcierto total.
¿A qué venía eso? ¿Estaba ingresada en el hospital por bi-polaridad o algo así?
—Mi hermano y yo establecimos una regla —aclaró—. Ca-da vez que discutíamos, solo podías aceptar disculpas si iban acompañadas de chistes. Ahora te toca a ti, vamos.
Entreabrí los labios, sin saber qué decir. Me había pillado bastante desprevenida.
—Pues, no sé. . ¿Cuál es el animal más antiguo?
—¿Solo se te ha ocurrido ese, en serio? La cebra, ¡porque está en blanco y negro!
—¿Cómo lo has sabido? No era tan fácil.
—Porque discutía mucho con mi hermano. —Se encogió de hombros—. En fin, disculpas aceptadas, supongo. Pero la próxima vez cúrratelo un poco más.
Negué con la cabeza, divertida.
Seguimos avanzando en silencio, mientras cada uno de nuestros pasos resonaban bajo la escarcha que recubría el suelo resbaladizo del desagüe. El sonido de la nieve desha-ciéndose y goteando era lo único que se escuchaba en el estrecho pasaje.
—¿Intentaron matarte en el hospital? —me preguntó sorprendida, rompiendo el silencio.