En la línea de fuego 382
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Me detuve cuando sentí que alguien agarraba mi brazo por detrás. Me giré de golpe con el cuchillo alzado, temién-dome lo peor.

Pero solo vi a Nils, observando el cuchillo que tenía a apenas unos centímetros de su cara con una mueca de horror.

Y a su lado estaba Amelia.

Sana y salva.

—Amelia —murmuré, bajando el cuchillo. Nils soltó un suspiro audible cuando lo hice, relajando los hombros—.

Pensé que. .

—. . ¿que me habría ido? —Se cruzó de brazos, mirándome de manera desafiante—. No soy una cobarde.

Remarcó la última palabra como si quisiera dejar claro que no aceptaría ese calificativo. Asentí con la cabeza y desvié la mirada, incómoda por la repentina situación. No me e-norgullecía haberla llamado así.

—Hay algo que me dijiste ayer en lo que sí que estoy de acuerdo, ¿sabes? —continuó ella—. Soy la única que estuvo allí cuando ocurrió, por lo tanto, soy la única que puede ayudarlas. Por eso esta mañana he decidido ir al lugar exacto en el que las vi desaparecer. Por suerte esta noche no ha nevado demasiado, así que las pisadas en la nieve seguían casi intactas, lo que me ha permitido seguir su rastro. Y creo que ya sé a dónde se han ido.

* * *

—¿Estás segura de que las huellas conducían aquí? —pregunté, frunciendo el ceño.

—Sí, es aquí.

La linterna de Nils, la única de la que disponíamos, ilumi-383

naba la entrada oscura de un desagüe de unos dos metros de altura. Confluía a un río rocoso parcialmente cubierto de hielo, creando una mezcla peligrosa de superficies resbaladi-zas y rocas afiladas. Tuvimos que hacer un gran esfuerzo en cruzarlo, pero a Amelia se la veía tan convencida que la seguimos de todos modos.

—No sé, no parece un lugar al que vaya a entrar alguien

—musitó Nils, enfocando la luz hacia la abertura, pero estaba tan oscura que apenas se veía el límite.

—¡Precisamente por esa razón! ¿Es que no lo veis? —Amelia buscó la mirada de todos nosotros—. ¿Qué tipo de se-cuestradores llevaría a sus víctimas a lugares donde es probable que aparezca gente?

—Pero, ¿en una desagüe? —Nils arrugó la nariz.

—Sí, es raro —admití, y antes de que Amelia pudiese protestar, añadí—: pero no imposible.

—Gracias. —Amelia suspiró, aliviada.

Todavía había resentimiento en su mirada cada vez que posaba los ojos en mí, pero al menos agradeció que le diese la razón.

—Vale, ¿y cuál es el plan? —preguntó Nils—. ¿Entrar ahí dentro con solo una linterna y sin saber lo que nos espera al otro lado?

Nadie contradijo sus suposiciones, así que intuyó que eso era justamente lo que haríamos.

—Oh, no. Ni de coña.

—Nils. . —empecé a decir.

—¿Entrar en un desagüe? No, es una mala idea. Una malísima y nefasta idea. —Nils meneó la cabeza, como si quisiera deshacer la idea—. Seguro que hay otra forma menos. . claustrofóbica y peligrosa de descubrir a dónde las han llevado.