En la línea de fuego 374
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No podíamos regresar al hospital porque la manada de lobos seguía merodeando por la zona, y pedir ayuda tampoco era una opción ya que no teníamos ningún dispositivo para hacerlo. Tan solo había un teléfono colgado en la pared, pero no estaba conectado a ningún cable.

Así que lo más seguro era pasar la noche en la cabaña y esperar a que amaneciera.

Había tres habitaciones, y una de ellas contaba con una cama de matrimonio. Todos estábamos un poco nerviosos, por lo que nadie quería dormir solo en ese lugar. Pero al final decidí compartir la cama con Lily, que la había notado rara desde que vio a Amelia.

El viento rugía con fuerza ahí fuera, haciendo que las ramas de los árboles golpearan la ventana de la habitación. Hacía rato que ese ruido no me dejaba dormir, de modo que ahora me limitaba a observar el techo.

No podía quitarme de la cabeza la imagen del hombre que habíamos abandonado en el bosque, desangrándose por to-375

das las heridas que tenía en su cuerpo magullado. A estas alturas ya estaría muerto.

Pero, sobre todo, no podía dejar de pensar en Lexi.

En si esos hombres le habrían hecho daño.

Si estaría en un lugar seguro.

Si la volvería a ver.

Me quité de encima la manta que habíamos encontrado en un armario viejo y me puse en pie. Salí con cautela de la habitación, asegurándome de no hacer ruido para no despertar a Lily.

Al entrar al salón, no esperé encontrarme con Amelia. Estaba sentada en la esquina del sofá, con las piernas acurruca-das contra su pecho y la mirada perdida en el vacío. Me pregunté si se habría despertado a mitad de la noche o ni siquiera había hecho el esfuerzo en intentar dormir.

Me senté a su lado, manteniendo una distancia prudente con ella para respetar su espacio.

—¿Tú tampoco puedes dormir? —le pregunté.

Negó con la cabeza de una forma tan sutil que apenas lo noté.

Mis ojos se fijaron en las llamas danzantes de la chimenea que había encendido, proyectando sombras titilantes por to-do el comedor y proporcionando un agradable calor. Las llamas bailaban con una mezcla hipnótica de tonos anaranjados y dorados.

—Sé que no quieres hablar del tema, pero necesito saber qué pasó —murmuré, rompiendo el silencio.

Ella no dijo nada. No movió ni un solo músculo como respuesta.

—Hazlo por ellas —insistí, buscando cualquier señal de respuesta en su expresión imperturbable—. Eres la única que 376

puede ayudarlas.

Al mencionar a las chicas, algo se removió en su interior.

Vi el esfuerzo en sus ojos por no derramar una lágrima más.

Pero resultó inútil, porque vi esa lágrima traicionera deslizándose por su mejilla, salpicada de pecas.

—Ya estábamos volviendo de la excursión cuando ocurrió

—habló finalmente—. Nos habíamos detenido unos minutos a la altura del lago para descansar. Habíamos andando durante horas, estábamos agotadas. Ni siquiera los vi venir cuando nos rodearon.

—¿Los lobos?

—Los hombres —corrigió.

El crepitar de las llamas llenó el silencio cuando dejó de hablar.

—No pude verlos bien, porque pasó todo muy deprisa.

Sentí que me colocaban una bolsa en la cabeza y todo se volvió oscuridad. No podía ver nada, solo oía los gritos de las otras chicas. —Se estremeció al recordarlo—. Uno de ellos me agarró por detrás, inmovilizándome las manos y obligándome a andar a pesar de no querer.

Mi corazón latía con fuerza, imaginando la aterradora experiencia que había tenido que pasar.

—Andamos durante lo que me pareció una eternidad

—continuó—. No veía nada, solo escuchaba los llantos de las demás, y cada vez que intentaba respirar el plástico de la bolsa me lo impedía. Después de un rato nos detuvimos. No supe por qué, pero los hombres parecían nerviosos. Y luego, todo se volvió un caos.

» Escuché pasos acelerados a mi alrededor, ramas crujir bajo mis pies, gritos de dolor y. . rugidos de animales. Me pregunté qué demonios estaba pasando, por qué todo el mundo estaba gritando y qué animal estaba provocando esos 377

ruidos. Entonces algo me empujó con fuerza y caí de lado. Aproveché la oportunidad para quitarme la bolsa de la cabeza, y ahí lo entendí todo.

Cada palabra que compartía parecía ser un peso que libe-raba, pero también una herida que volvía a abrir.

—Eran lobos. Había muchos, por lo menos veinte, y estábamos rodeados. Supongo que nuestros gritos los atreyeron.

—Hizo una pausa—. Los colmillos. . se hundían en la piel de las personas como si fuesen un trozo de carne, y la sangre. .

salpicaba en todas direcciones. Hasta oí el crujido inconfundible de un hueso rompiéndose. Pensaba que estaba en una pesadilla. Y sé. . sé que debería haber hecho algo, pero estaba tan asustada que. . me paralicé.

—¿Hirieron a alguna de las chicas? —Mi voz sonó con demasiada desesperación.

—No —respondió, y sentí el más profundo alivio. —Vi có-mo esos hombres huían con las demás mientras los lobos se encargaban de atacar a los guardias de seguridad.

Ahora comprendía por qué el guardia que encontramos en el bosque estaba herido. Porque las probabilidades de acabar como ese hombre si estás rodeado por una manada de lobos son considerablemente altas, y Amelia no presentaba ni un solo rasguño.

Mi ceño se frunció ligeramente, y mis ojos se entrecerraron, adoptando mi papel de investigadora privada.

—¿Cómo lograste escapar de ahí?

—No lo sé.

—¿No lo sabes? —Alcé las cejas, incrédula.

Negó.

—A ver si lo he entendido bien. Los lobos estaban ocupados atacando a los guardias de seguridad, por eso los otros hombres lograron escapar con las chicas. Y fue gracias a eso 378

que tú lograste escapar hasta que encontraste esta cabaña y decidiste refugiarte en ella.

—Exacto.

La escruté con la mirada mientras procesaba la respuesta de Amelia. Su relato sonaba demasiado inverosímil para ser verdad, pero no había señales evidentes de que estuviera mintiendo.

—No me crees —intuyó Amelia, notando la duda en mis ojos.

Me puse en pie y comencé a dar vueltas junto a la chimenea, tratando de poner en orden mis pensamientos.

Yo no creía en la suerte, al menos no de la manera convencional. Para mí, las situaciones se desarrollan por causas y efectos, por elecciones y circunstancias. Y estaba convencida que, lo que le ocurrió a Amelia, no fue simple "suerte".

—Fuiste la única que salió ilesa de ahí. ¿Me explicas cómo es posible eso?

—Yo. .

—¿Cuántos hombres eran?

—No lo sé, te he dicho que no los. .

—Algo tuviste que ver.

—Sí, pero. .

—¿Y guardias? ¿Cuántos eran?

—Cinco.

—¿Y no pudieron detener a esos hombres? —cuestioné, incrédula.

—¡No lo sé! —respondió exasperada, elevando la voz. —¡Ojalá tuviera respuestas para todo!

—¡Estabas allí! ¡Si existe alguien que tenga respuestas sobre lo que ocurrió, esa eres tú!