En la línea de fuego 369
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—Hay que pedir ayuda —aseveró Nils a mis espaldas.

Me giré hacia él para responderle, pero mis ojos se abrieron aterrorizados cuando vi lo que tenía detrás.

—Nils, no te muevas —musité.

—¿Qué?

—No. Te. Muevas.

La urgencia en mi voz hizo que me obedeciera.

Dos pares de ojos amarillos estaban clavados en nosotros, mirándonos fijamente. Un escalofrío me recorrió como un latigazo.

La forma se reveló poco a poco, y lo que emergió de la oscuridad no era humano. Era un lobo, majestuoso y aterrador a la vez. Su pelaje era oscuro como la noche, con matices plateados que destellaban débilmente a la luz de la luna. Su mirada, llena de hambre, denotaba una sed de caza incontrolable.

—Clarke —murmuró Nils con voz temblorosa, haciéndome una señal para que mirara a mi alrededor.

Al hacerlo, descubrí que había más ojos observándonos.

Era una manada de lobos.

Estábamos rodeados.

Nos observaban desde la distancia, listos para convertir-nos en su banquete de comida esa noche, tal y como habían hecho con ese hombre. Ninguno de los dos se atrevía a mover un solo músculo.

Uno de los lobos emitió un aullido que me puso el vello de punta, y todos los lobos salieron de entre los árboles. Sus ojos brillaban con un resplandor salvaje y famélico mientras se acercaban con sigilo.

Nils y yo intercambiamos miradas nerviosas, retrocediendo lentamente hasta chocar nuestras espaldas. Pero eso solo 370

hacía que nos volviéramos una presa más fácil. Teníamos que dividirnos como fuera y distraerlos, pero no lograba discernir un hueco que nos permitiera escapar sin ser alcanzados por una de esas bestias.

Fue entonces cuando una piedra impactó con fuerza en uno de los lobos, haciendo que este sacudiera la cabeza, dolorido. La manada se detuvo, momentáneamente desconcertada.

Otra piedra alcanzó cerca de nosotros, haciendo que el lobo que teníamos a apenas unos metros retrocediera, asustado. Miré en la dirección de donde provenía el proyectil y divisé una silueta humana entre los árboles.

Al enfocar los ojos, reconocí ese pelo rubio incluso entre la oscuridad.

Lily.

—¡Por aquí! —exclamó.

Nils y yo comenzamos a correr hacia el árbol al que estaba escondida, mientras seguía lanzando piedras a nuestras espaldas para evitar que nos siguieran.

—¡Lily, vamos! —grité para que no se quedara atrás.

Se separó del tronco y los tres empezamos a correr a toda velocidad. Los lobos, hábiles y astutos, se dividieron estratégicamente para cerrar el cerco alrededor de nosotros. Algunos se deslizaban por los flancos, evitando desviarnos del camino, mientras que otros mantenían una distancia constante, esperando el momento adecuado para cortarnos el paso.

Ninguno de los tres estaba dispuesto a detenerse bajo ninguna circunstancia. Si alguno de los tres tropezaba o perdía el ritmo, iban a alcanzarnos. Los teníamos demasiado cerca.

El bosque se convirtió en un laberinto en el que habíamos 371

perdido el sentido de la orientación. Nos movíamos torpemente sin saber hacia dónde estábamos yendo. La nieve nos ralentizaba el paso mientras esquivábamos ramas bajas y raíces traicioneras.

—¡Allí! —Nils señaló hacia un tejado de una cabaña que se elevaba en la distancia.

Los lobos, demostrando su destreza, adaptaron su estrategia a la nueva dirección. Algunos se lanzaron por atajos mientras otros mantenían la persecución desde la distancia.

La manada, como un ente vivo, se movía con una coordina-ción asombrosa.

La cabaña se acercaba rápidamente, y la esperanza de encontrar un refugio crecía con cada paso. Sin embargo, los lobos cerraban el espacio, sus alientos feroces haciéndose más audibles.

Lily, con determinación en sus ojos, recogió más piedras del suelo y las arrojó hábilmente hacia los lobos que se acercaban. Esto proporcionó una breve pausa, permitiéndonos llegar a la cabaña.

Subimos los escalones del porche de dos en dos y, sin pensar en si esa casa sería de alguien o no, abrimos la puerta y nos aseguramos de estar todos dentro antes de cerrarla de un portazo.

Los tres nos apoyamos contra las paredes, agotados y con la respiración entrecortada. La adrenalina seguía latente mientras recuperábamos el aliento.

—Creo que no he corrido tanto en mi vida —admitió Nils, jadeando.

Le eché un vistazo a la cabaña de madera. El frío del exterior se filtraba a través de las grietas de las paredes, bastante negligentes. El mobiliario desgastado y las telarañas en las esquinas sugerían que la cabaña había sido abandonada ha-372

cía bastante tiempo.

Nils se acercó a una ventana y retiró la cortina. Al hacerlo, una mata de polvo danzó por el aire.

—Siguen ahí fuera.

Volteé hacia Lily, quien permanecía apoyada en la pared.

Me la quedé observando unos segundos con atención. Esa faceta suya era nueva, o simplemente la había estado ocultando todo este tiempo. Pero no la recordaba tan. . valiente.

—¿Qué hacías en el bosque?

Ella enrojeció, apartando la mirada.

—A ver si lo adivino. —Me crucé de brazos, lanzándole una mirada inquisitiva—. Has vuelto a seguirnos.

—Os vi subir al segundo piso.

—Tienes que dejar de hacer eso, Lily. Es peligroso.

—Lo siento, yo. . —Sus manos se movían inquietas, ajustando el dobladillo de su jersey—. Solo quería saber a dónde ibais. Pero no pensé que fuerais. . en fin, a un bosque de noche.

—Queríamos saber si las chicas estaban bien, las que han ido a la excursión de hoy. ¿Sabes algo de ellas? —inquirí con un deje de esperanza en mi voz.

Lily pareció dudar por un momento, pero su rostro se de-sencajó por completo cuando desvió la mirada por encima de mis hombros. Segundos después, escuché el crujido de las tablas de madera del suelo, como si hubiese alguien detrás de mí. Volteé con el pulso desenfrenado.

Era Amelia Thompson.

Una de las cinco chicas que fueron a la excursión.

Dio un paso al frente, emergiendo de la oscuridad. No emitió palabra alguna, pero su presencia hablaba por sí misma.