En la línea de fuego 364
52%

364

—Me ha parecido oír algo.

Entrecerré los ojos, agudizando mis sentidos, pero no pu-de distinguir nada más allá del susurro del viento, las ramas moviéndose en respuesta y el canto persistente de los grillos.

—Deberíamos seguir —sugirió Nils.

Asentí y continuamos nuestro camino.

—¿A qué te referías con eso?

—¿El qué?

—Has dicho que en el hospital pasan cosas extrañas.

Nils guardó silencio por un momento, como si estuviera considerando cuánto compartir.

—Los pacientes dicen que este hospital está. .

—. .maldito —terminé la frase.

—¿Tú también lo crees?

—No creo en lo paranormal —me limité a responder—. ¿Tú sí?

—No sé, a veces siento que hay algo más, algo que no podemos ver pero que está ahí.

Detuvimos nuestros pasos cuando una repentina sombra cruzó velozmente por delante de nosotros. Emití un grito, sintiendo el pánico penetrando en cada poro de mi piel.

Al enfocar la luz de la linterna, descubrí que la fugaz sombra era solo una ardilla, que se movía con agilidad entre la nieve.

—¡Dios mío! —exclamé, llevándome una mano al pecho mientras la adrenalina aún fluía por mi cuerpo.

Nils soltó una risa suave.

—Bueno, parece que hemos encontrado al causante del ruido —comentó, divertido—. Creo que estás un poquito ten-365

sa.

—Oh, perdón por estar tensa en mitad de un bosque por la noche, iluminados tan solo por dos linternas, sin saber qué demonios les ha pasado a las demás mientras consideramos la idea de que el hospital psiquiátrico en el que convivimos está maldito —ironicé, tratando de disfrazar mi nerviosismo con sarcasmo.

—Ese lugar da más miedo por dentro que por fuera.

—Ahí te doy la razón —admití.

—Yo siempre tengo razón.

—Ya, claro. Como cuando dijiste que Nolan estaba ingresado en otro hospital.

Se rascó la nuca, avergonzado.

—¿Por qué lo hiciste? —Lo miré de manera acusatoria.

—¡Porque eso creía! La directora nos dijo que Nolan había sido trasladado a otro hospital.

—¿Y por qué os mentiría?

—Tal vez para que no nos preocupáramos. —Se encogió de hombros—. Teniendo en cuenta la reputación que tiene, si yo fuese una chica no estaría muy segura conviviendo en el mismo lugar que él.

—Con que así es como funciona este lugar, ¿eh?

—¿A qué te refieres?

—Pues que en este hospital todos mienten.

Incluída yo.

* * *

Ya llevábamos más de media hora, y seguíamos sorteando árboles sin encontrar nada. Mis huesos ya se estaban entume-366

ciendo por el frío, y cada exhalación se convertía en una pequeña nube de vapor visible en el aire gélido. Me moría de ganas de llegar a mi habitación y cubrirme con el edredón.

—¿Qué se supone que estamos buscando? —preguntó Nils, tan cansado como yo de andar.

—Dímelo tú. Has sido tú quien ha tenido la idea de venir hasta aquí.

—Sí, pero no entraba en mis planes que esta búsqueda se extendiera tanto.

Suspiré profundamente.

—Pues no sé, cualquier cosa que nos indique que algo no va bien.

—¿Como qué?

—¿Qué te parece el cadáver de una de ellas?

—Joder, ¿no podrías ser un poco más sensible? Hace un día murió una persona.

Cerré los ojos por un momento, arrepentida. Tal vez Adler tenía razón, y era más fría de lo que pensaba.

—Lo siento.

—¿Y si ya han regresado al hospital?

—Llevan fuera más de quince horas, Nils. Si no han regresado a las doce de la noche, dudo que lo hayan hecho ahora.

—Tal vez se habían perdido y ya han vuelto.

—¿Con cinco guardias? —inquirí, incrédula—. No, les ha pasado algo. Estoy segura.

Nils pareció reflexionar sobre mis palabras antes de decir:

—Seguiremos hasta el lago, y si no vemos nada extraño daremos media vuelta y regresaremos al hospital. ¿De acuerdo?

Y eso fue exactamente lo que hicimos, pero al llegar allí, 367

solo vimos la serenidad de la superficie congelada y el reflejo de la luna en ella.

Nils dejó escapar un suspiro frustrado.

—Menuda mierda —maldijo entre dientes—. No sé en qué estábamos pensando. Esto ha sido una pésima idea.

Un movimiento captó mi atención entre los árboles, apenas visible en la oscuridad de la noche. Nils estaba tan ocupado lamentándose por no haber encontrado nada que no lo notó. Me encaminé hacia esa dirección con la linterna enfocando cada paso que daba.

—Ni siquiera sé por qué insistí tanto en. .

La voz de Nils se desvaneció en el fondo mientras me adentraba entre los árboles. Enfoqué la linterna hacia la nieve y me quedé paralizada.

Había gotas de sangre en la nieve.

Sangre fresca.

Un presentimiento desagradable se apoderó de mí, y mi mente comenzó a jugar con las peores posibilidades. La linterna temblaba ligeramente en mi mano, pero no era solo el frío lo que causaba ese temblor. Era el miedo palpable que se había adueñado de mis sentidos mientras seguía el ominoso rastro, que llevaba detrás del árbol que tenía justo enfrente de mí.

Cuando dirigí la linterna hacia el tronco del árbol, la bombilla comenzó a parpadear. Tragué saliva con fuerza, tratando de tragarme el miedo que ya había calado por mis huesos.

Iba a avisar a Nils cuando escuché un quejido, y era humano. Había alguien detrás del árbol. ¿Y si eran alguna de esas cinco chicas? ¿Y si era Lexi, que estaba herida?

Rodeé el árbol decidida, pero no estaba preparada para enfrentarme a lo que vieron mis ojos. Junto al árbol había un viscoso charco de sangre, aún húmeda. El olor que despren-368

día era tan desagradable que tuve que cubrirme la nariz con mi brazo.

De pronto, algo me cogió del tobillo.

Emití un grito tan fuerte que resonó en el silencioso bosque. Tropecé hacia atrás, y mi linterna cayó en la nieve, apa-gándose. La oscuridad se apoderó por completo de mi visión.

No veía nada, no veía qué demonios me estaba agarrando el tobillo.

—¡Ayuda! —grité desesperadamente mientras luchaba por liberarme.

—¡Clarke! —Nils acudió rápidamente en mi ayuda, enfocando su linterna hacia abajo.

El destello reveló a un hombre retorciéndose del dolor. La sangre salpicaba su rostro pálido. Pero cuando la luz de la linterna iluminó su cuerpo, unas inmensas náuseas se manifestaron en mi vientre, amenazando con expulsar toda la comida que había ingerido durante el día.

El hombre tenía arañazos mortales que habían desgarrado su piel, dejando al descubierto partes del músculo y huesos.

Su ropa estaba rasgada, y la sangre fluía en surcos oscuros por su cuerpo maltratado.

Era uno de los guardias de seguridad que acompañaban a esas chicas en la excursión.

—Dios mío, ¿qué le ha pasado? —inquirió Nils, horrorizado.

El hombre emitía gemidos de agonía mientras se retorcía en la nieve. La escena nos dejó sin aliento.

Me soltó el tobillo para tratar de contenerse la hemorragia de la herida del estómago, pero estaba en carne viva. Y

tenía muy mal aspecto. Me puse en pie torpemente, agarrando de nuevo la linterna. Le di unos golpecitos, pero ya no funcionaba.