En la línea de fuego 358
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—¿Confías en mí? —preguntó, mirándome con intensidad.

A pesar de mis dudas y del nudo en el estómago, asentí ante su pregunta. La confianza era un lujo que no podíamos permitirnos perder en ese momento.

—Pues sigamos. —Hizo un ligero movimiento con la cabeza para que continuáramos avanzando.

Nos desplazamos con cautela por los pasillos, evitando a cualquier personal que pudiera preguntar qué hacíamos deambulando por el hospital a esas horas. No es que estuviera prohibido, solo que era un poco raro.

Nils me guió hacia el piso de arriba y, finalmente, entró a una de las habitaciones. La observé con detenimiento, y fue cuando descubrí que eran las cosas de ella. Su ropa estaba cuidadosamente doblada en los estantes, ropa que alguna vez había usado, y sus pertenencias personales estaban colocadas con orden sobre la mesa.

Era la habitación de Margot.

Una extraña sensación se apoderó de mí. Incluso aún permanecía su olor en el aire. Casi que me la podía imaginar aquí, de pie, junto a nosotros, observándonos de forma acusatoria mientras invadíamos su privacidad.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, incómoda.

Nils, sin más preámbulos, colocó la silla del escritorio en una de las esquinas de la habitación. Lo seguí con la mirada, extrañada, mientras se subía en ella. No fue hasta entonces que me fijé en el conducto de ventilación que había sobre él y que estaba abriendo con sus manos.

Después de un ligero crujido, el último clavo cedió. La tapa del conducto de ventilación quedó suelta, revelando un oscuro pasaje que ya empezaba a resultarme familiar.

Nils bajó ágilmente de la silla.

—Listo —anunció, expulsando el polvo de sus manos.