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Con un gesto de cabeza, abandoné el despacho. Una vez fuera, cerré la puerta con cuidado, permitiendo que la calma del pasillo contrastara con la tormenta emocional que se había desatado dentro.
De camino al comedor me encontré con Lexi, y andamos juntas para ir a desayunar.
—¿Todo bien? —preguntó, notando la preocupación en mi rostro.
—No encuentro el bolígrafo.
—¿El que te dio Foster?
—Sí.
—Tranquila, ya aparecerá. Lo habrás dejado en algún sitio que no te acuerdas.
—O alguien me lo ha cogido —objeté, considerando esa posibilidad.
—¿Quién va a entrar a tu habitación para coger un bolígrafo? —preguntó, incrédula.
La agarré de la muñeca para detenerla.
—¿Y si. .? —Miré a ambos lados del pasillo para asegurarme de que nadie nos estaba oyendo—. ¿Y si han descubierto de alguna manera quién soy?
—Eso no pasará. Eres investigadora privada, lo que implica pasar desapercibida, mezclarse entre la multitud y estar siempre un paso por delante de ellos, pero sin llamar demasiado la atención. Y, teniendo en cuenta que se te da bien tu trabajo, no tienes de qué preocuparte.
Aunque mi enfado no se había desvanecido por completo, al menos me hizo reflexionar sobre la situación con una perspectiva más tranquila.
Las palabras tranquilizadoras de Lexi siempre eran un consuelo para mí. Y lo decía con tanta seguridad que, si al-354
gún día decía una gilipollez, me la podría llegar a creer.
—Además —añadió—, si ya te hubiesen descubierto, ahora mismo estarías en un coche de patrulla dirigiéndote a la prisión federal de Virginia. Y Landon organizando un plan de escape para sacarte de ahí lo antes posible.
No pude evitar reírme.
—¿Te imaginas la cara que se le quedaría al pobre cuando se enterara de que, después de haber estado dos meses en un psiquiátrico, ahora te mandaran directa a una prisión? Le daría un infarto.
—Y de los grandes —añadí, aún riendo.
Al llegar al comedor, nos pusieron la comida en nuestras bandejas y buscamos una mesa libre.
Mi corazón se rompió al ver que Nils estaba sentado en la misma mesa en la que habitualmente se ponía con Margot.
Aunque en muchas ocasiones quería matarla, sabía lo muy amigos que eran ellos dos, y sentí pena por él. Pena de verdad. Además, por muy mal que me cayera esa chica, no le desearía a nadie lo que le pasó.
Decidimos acercarnos y ocupar los asientos vacíos junto a Nils, quien ni siquiera levantó la vista de su plato al notar nuestra presencia. Estaba completamente ajeno a lo que sucedía a su alrededor. Ya no había ni rastro de la calidez que proporcionaba su rostro, ahora apagado.
—¿Se sabe algo ya? —le pregunté.
Negó con la cabeza de forma imperceptible.
—Está claro que ha sido un aneurisma cerebral —dijo uno de los chicos que habían estado en el lago, sentado frente a mí.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó el otro chico que estaba a su lado.