En la línea de fuego 352
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—Usted no lo entien. .

—¿Quiere un bolígrafo? Pues bien, coja uno de los míos y problema resuel. .

—¡No quiero sus putos bolígrafos! —grité, liberando toda la ira que había acumulado.

La directora, sorprendida y atónita, dejó de reír por primera vez.

Y entonces mis palabras fluyeron solas, moviéndose por esa bestia indomable dentro de mí, que había estado exigiendo todo este tiempo ser liberada con ella:

—Era de mis padres, y es lo único que tengo aquí de ellos.

Así que háganos un favor a todos, deje de emborracharse en su maldito despacho y empiece a tomarse las cosas más en serio. Este lugar no puede funcionar si la persona que lo gestiona ni siquiera es capaz de controlar sus impulsos. ¿Cómo espera que los demás respeten las normas de esta institu-ción si ni siquiera usted lo hace?

La directora parpadeó, procesando mis palabras. Sus ojos se abrieron con incredulidad, con una expresión de asombro digna de recordar. El despacho, que antes resonaba con risas, se sumió en un silencio tenso.

Desvió la mirada hacia el vaso de cristal que sostenía, re-moviendo el líquido que había dentro.

—Usted no es precisamente un modelo de autocontrol, señorita Emmett —aseveró, y una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.

No supe a qué se refería con eso.

—Preguntaré al personal de limpieza si lo ha visto —se limitó a decir—. Y ahora le invito a que salga de mi despacho.

Estaba convencida de que, más que una invitación, era u-na orden. Solo que no quería aumentar la tensión.