En la línea de fuego 351
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Le dio un sorbo a su bebida anaranjada. No me dio paso a hablar, pero tampoco me pidió que me fuera. Así que, sin más rodeos, lo solté.

—No encuentro un objeto importante y creo que alguien pudo entrar a mi habitación.

Sin apartar la mirada de la ventana, preguntó intrigada:

—¿Qué es?

—Un bolígrafo.

Al fin me miró, permaneciendo sus ojos en los míos durante apenas unos pocos segundos.

Porque después estalló en carcajadas.

Sí, la directora, una persona conocida por su seriedad y aparente formalidad. Comenzó a reírse con una intensidad gutural que me dejó desconcertada, como si eso fuera lo más gracioso que había escuchado hoy.

—¿Puedo preguntarle qué es tan gracioso?

Se limpió una lágrima que había soltado de risa.

—¿Ha venido a mi despacho para decirme que ha perdido un bolígrafo? —cuestionó con escepticismo.

—Es que es. .

Las carcajadas llenaron de nuevo el espacio, interrum-piéndome.

Un calor intenso se apoderó de mi pecho, y sentí cómo la ira se acumulaba en cada partícula de mi ser.

—Es importante para mí —terminé la frase con los dientes apretados.

—Oh, ya veo. ¿Tiene tinta de oro o algo así? —se burló.

La seriedad de mi expresión contrastaba con la risa de la directora. Cada carcajada que emitía alimentaba el fuego que ardía en mi interior.