En la línea de fuego 350
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—A la mierda —murmuré, girando el manillar para entrar.

En otro momento hubiese esperado, pero ahora no había tiempo que perder. Cada segundo que pasaba sin ese bolígrafo, era un segundo que perdía sin saber si Foster quería comunicarse conmigo.

—Disculpe, necesito. . —comencé a decir, pero mi voz se apagó al darme cuenta que no había nadie sentado en el escritorio.

Estaba de pie, con la mirada perdida en el paisaje que se desplegaba más allá de la ventana. Su despacho era sin duda el que ofrecía unas vistas más impresionantes, especialmente en ese momento.

Desde allí se podía ver el bosque que nos rodeaba y se extendía en la distancia, cubierto completamente de nieve.

Los abetos y pinos estaban vestidos de blanco, con sus ramas algo inclinadas por el peso de la nevada que se acumulaba. El sol, en su ascenso dorado, teñía el cielo de tonalidades que iban desde el naranja brillante hasta el amarillo suave, dando comienzo a un nuevo día.

—¿Directora?

—¿No le parece extraordinario? —inquirió, hablando más para sí misma—. Cada estación trae consigo su propia magia, transformando el entorno a su manera. Sin embargo, el alma del lugar permanece constante, arraigada en su esencia.

Cerré la puerta detrás de mí y permanecí en silencio, sin saber qué debía decir al respecto.

Fue en aquel instante cuando me fijé en el vaso de cristal que sostenía, en el que supuse que había una bebida lo bastante fuerte como para provocarle ese tipo de reflexiones.

—Sí, es. . bonito. —Me aclaré la garganta, volviendo al te-ma de antes—. Directora Gerlach, necesito hablar con usted.