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¿Guardias de seguridad que acosan a los pacientes? ¿Suicidios? ¿Luces que parpadean por sí solas?
Una vez vestida, me dirigí hacia el primer piso. Abrí la puerta de mi habitación y, con el cabello húmedo goteando sobre el suelo de madera, comencé a buscar en la mochila el bolígrafo con el chip dentro. Necesitaba poner a Foster al día.
Tras un largo rato buscando, no lo encontré.
La ansiedad se apoderó de mí, haciendo que mis movimientos fueran torpes y descoordinados mientras buscaba en otros sitios; cajones, estantes, rincones. , cualquier lugar al que pudiese estar. Pero no apareció por ninguna parte.
El corazón me latía de manera desbordante, como si quisiera escapar de mi pecho. Respiré profundamente, tratando de mantener la calma, pero resultaba bastante difícil teniendo en cuenta que, sin ese bolígrafo, no solo estaba incomunicada, sino indefensa.
En resumen, estaba jodida.
¿Cómo podía haber perdido algo tan valioso?
Nadie más había entrado a mi habitación, tenía que haber sido yo. Tenía que haberlo puesto en algún lugar que ahora mismo no recordaba o. .
Un segundo.
Mis ojos se clavaron en la puerta y la analicé con la mirada. Para abrirla, tan solo tenías que girar la manilla, pues no contaba con ningún sistema de seguridad. Así que cualquiera podía entrar en las habitaciones de los pacientes.
Oh, mierda.
En un acto impulsivo, salí de mi habitación otra vez y a-travesé el pasillo dando grandes zancadas. Al llegar a mi destino, piqué a la puerta con algo de urgencia. Al no escuchar a nadie al otro lado, insistí con más determinación.