En la línea de fuego 344
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Pero por supuesto que lo hizo, y comenzó a trotar hasta el lago. Una vez nos adentramos en él, me bajó de nuevo con suavidad.

—Solo te estaba ayudando a decidirte. —Nils se encogió de hombros.

Le di un golpe en el hombro.

—Eres idiota.

Nils empezó a deslizarse elegantemente sobre el hielo, como si fuese todo un profesional, mientras yo intentaba mantener mi equilibrio tambaleante.

—Vamos, muévete, pareces un muñeco —se mofó de mí, patinando a mi alrededor.

—No pienso moverme. Si lo hago, seguro que me caigo.

Nils se detuvo frente a mí y me ofreció una mano.

—Te prometo que no te dejaré caer.

Vacilé por un momento antes de aceptar su mano. Juntos, comenzamos a deslizarnos en círculos, y aunque al principio me sentía torpe y nerviosa, poco a poco fui relajándome. La risa y los gritos de diversión de la gente resonaban en el aire, y por un momento, olvidé dónde estábamos y quiénes éramos.

De pronto, sentí que alguien chocaba contra mi costado con tanta fuerza que perdí el equilibrio. Caí de espaldas sobre el hielo con un golpe sordo, sintiendo cómo las manos se deslizaban sobre la superficie fría y áspera. El contacto con el hielo me quemó ligeramente las manos, haciendo que soltara un quejido de dolor.

Alcé la mirada hacia la persona que me había hecho caer sin querer, pero cuando me encontré con la sonrisa malicio-sa de Margot, supe que ese golpe había sido adrede.

—Ay, lo siento —se disculpó, colocando una mano de for-345

ma dramática sobre su pecho—. Qué torpe soy.

—Sí, seguro que lo sientes mucho. —Volteé los ojos.

—Solo estaba divirtiéndome —contestó, encogiéndose de hombros—. Pero si no puedes soportar un pequeño tropezón en el hielo, tal vez deberías quedarte en tierra firme.

La rabia ya bullía en mi interior, ese era el efecto que causaba en mí cada vez que abría la boca.

Margot se agachó para quedar a mi altura, y con una sonrisa burlona en el rostro añadió:

—Solo era para recordarte la facilidad con la que puedo hacerte caer.

Me levanté del suelo, ignorando el dolor en las manos y la sensación incómoda del agua derretida en mis pantalones.

No iba a dejar que Margot me humillara.

—¿Te duele algo? —siguió con sus provocaciones—.

¿Quieres que llame a un guardia para que te cuide? Ah, no, espera. Ese es Adler, y desgraciadamente no está aquí.

Margot soltó una risita, como si hubiera dicho algo tremendamente gracioso. Fue entonces cuando algo en mí se rompió, y antes de poder contenerme, me volví hacia ella.

—No necesito que nadie me proteja —mascullé.

—Yo diría que alguien como tú en un lugar como este, sí que necesita que la protejan.

—¿Alguien como yo?

—Una zorra lejos de su hábitat natural es una simple presa sin la astucia suficiente para sobrevivir en este entorno.

La miré directamente a los ojos, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mis músculos al tratar de contener la furia en mi interior. Pero era como si no la pudiese controlar, como si fuese un ente con vida propia y creciera dentro de mí sin control.