En la línea de fuego 346
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Mis manos se cerraron en puños, clavando las uñas en las palmas y tratando de concentrarme en ese dolor en vez de en la chica que tenía delante, y a la que quería matar con mis propias manos.

Cada inhalación que hacía era más profunda que la anterior, sintiendo como la ira nublaba mi mente. Mi respiración se agitó de manera irregular, y la rabia fluía como un torrente descontrolado. Pero sabía que dejarme llevar por ella solo empeoraría las cosas.

De pronto vi que un hilo rojo se deslizaba por su nariz.

Mis ojos se abrieron de par en par, sorprendida.

—Margot, estás sangrando —le avisé, empleando otro to-no.

Ella parpadeó, confusa, y se llevó la mano a la nariz. Luego la retiró para observarla. Sus dedos estaban manchados de un rojo carmesí, y una expresión de preocupación cruzó su rostro. El hilo rojo seguía deslizándose, y ahora gotas de sangre caían en el hielo.

Mientras Margot intentaba detener la hemorragia, su rostro se volvió pálido. Los demás a nuestro alrededor comenzaron a notar la situación, y algunos se acercaron para ver qué ocurría. Nils y Lexi se abrieron paso entre la multitud, observando la escena confusos.

—Margot, ¿estás bien? —preguntó Nils con preocupación, pero no recibió respuesta.

Los ojos de Margot se encontraron con los míos, y por primera vez vi un miedo terrible en sus ojos.

—Ellos me. . me obligaron a hacerlo —murmuró con voz temblorosa—. Yo no. . no quería. .

¿De qué estaba hablando?

Entonces sus piernas cedieron y sus párpados se cerraron, desplomándose bajo el frío hielo y desencadenan-347

do un caos de gritos entre los presentes.

—¡Margot! —exclamé, corriendo hacia ella junto a Nils—.

¡Buscad a los guardias, ahora!

Cuatro chicos me obedecieron y salieron disparados del lago, adentrándose en el frío bosque.

—Vamos a llevarla a la orilla —ordenó Nils, levantando a Margot en brazos.

Corrimos hacia la orilla del lago con rapidez, saliendo de la frágil capa de hielo. No era seguro estar allí. La multitud se apartó para dejarnos pasar, observando la situación con horror. Al llegar a tierra firme, la dejó en la hierba fresca con cuidado y nos arrodillamos junto a Margot, quien yacía completamente pálida.

Nils, con manos temblorosas, colocó dos dedos bajo la mandíbula de Margot para buscar desesperadamente su pulso, o cualquier señal que indicara que seguía con vida.

Su expresión cambió de manera abrupta, y cuando levantó la mirada para encontrarse con la mía, supe que Margot ya no estaba con nosotros.