En la línea de fuego 341
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—Nils —dije a modo de saludo, sonriéndole.

Pero mi atención se desvió rápidamente hacia Margot, quien lo acompañaba, y ahí fue cuando mi sonrisa duró tres segundos contados.

—¿Cómo va la excursión? —preguntó Nils.

Mi mirada seguía evaluando cada movimiento de Margot.

—Bien, gracias. Estábamos disfrutando del paisaje —respondió Lexi con cortesía.

—¿Queréis veniros con nosotros?

—¿A dónde? —pregunté.

—Hay un lago congelado a unos cien metros de aquí —explicó él—. No se nos permite ir, pero hay tanta gente que no creo que se den cuenta de que desaparecemos un rato.

Lexi y yo intercambiamos miradas, pero supe la respuesta de Lexi cuando una sonrisa iluminó su rostro.

—No es buena idea —le advertí, pero ella seguía con esa sonrisilla.

—¿Por qué no? No se van a enterar.

—¿Nos han dado la posibilidad de salir y vais a arruinarlo de esta manera? ¿Y si nos pillan qué?

—Oh, vamos —se quejó Margot—. No seas aguafiestas. Deberías hacer caso a tu amiga.

Eché un vistazo a los guardias, que estaban concentrados charlando. Estaba convencida de que incluso a ellos les había dado un respiro este tipo de escapadas, pues también era u-na oportunidad para que pudiesen salir de entre esas cuatro paredes y hacer su trabajo de una forma distinta.

Solté un largo suspiro.

—De acuerdo. Pero no tardemos demasiado.

Unos minutos más tarde, el lago se extendía ante nosotros, cubierto por una capa uniforme de nieve glacial que 342

brillaba bajo la luz del sol invernal. Más allá, al otro lado, se podían apreciar las laderas de las montañas, todas nevadas, como si las hubiesen pintado de blanco. Era realmente hermoso.

Nils se colocó a mi lado, metiendo las manos en sus bolsillos para entrar en calor.

—Es bonito, ¿eh?

—Sí, lo es —contesté, observando fascinada el paisaje.

Nils y yo permanecimos en silencio mientras observába-mos cómo algunas personas decidían aventurarse en el lago congelado, deslizando sus pies sobre la capa de hielo, fingiendo que estaban patinando. Tan solo se escuchaban risas y carcajadas.

Ver a la gente sonreír era agradable, últimamente no estaba acostumbrada a ver a la gente divertirse. De alguna forma me recordaba que, a pesar de las circunstancias, todos éramos seres humanos que anhelábamos la felicidad. Y la buscábamos incluso en las cosas más insignificantes.

—Tú y Adler. . Bueno, vosotros. . —Se aclaró la garganta, como si no supiera cómo continuar.

—¿Me vas a preguntar si nos hemos acostado?

Abrió mucho los ojos.

—¿Qué? ¡No! Eso no sería nada galán de mi parte.

—Así que decidiste enterarte por terceros para mantener tu galantería, ¿no es así? —respondí con una sonrisa burlona.

Nils pareció visiblemente avergonzado al darse cuenta de lo que estaba sugiriendo con mis palabras.

—Menuda chivata… —murmuró, refiriéndose a Beth.

Solté una carcajada.

—Tranquilo, Adler no quiere saber nada de mí, así que no hay un nosotros.