323 #2
Abrí nuevamente la pestaña de los registros médicos y observé detenidamente el expediente de Nolan, comparando las fechas. Mi corazón latió más rápido mientras asimilaba la información que se presentaba ante mí.
Oh, Dios.
La firma de Richard James, plasmada en el expediente de Nolan, desafiaba la lógica temporal. Días después de su falle-cimiento, su firma figuraba en documentos médicos. Simplemente era inconcebible que él hubiese firmado tal expediente. La única conclusión plausible era que habían falsificado su firma, desatando una verdad inquietante: 330
Los archivos estaban falsificados.
Esta información era todo lo que estaba buscando desde que llegué aquí, todo lo que necesitaba. Con esto, al fin podría salir del hospital. Y no precisamente con las manos vacías.
Joder, por supuesto que no había encontrado nada en el despacho de la directora. Porque estaba todo aquí.
Giré mi cabeza cuando me pareció oír un ruido externo, pero no se volvió a repetir, así que traté de tranquilizarme.
Tomé una respiración profunda y me apresuré en realizar u-na copia del expediente de Nolan.
Una vez completada la descarga, el siguiente paso era enviarlo a Foster. Sin más preámbulos, abrí mi correo electrónico. Escribí su mail, que por suerte me lo sabía de memoria tras comunicarme con él tantas veces, y adjunté el archivo.
Al hacer clic en «enviar», sentí un peso liberador.
La evidencia más crucial de mi investigación estaba lista para ser compartida, pero el tiempo jugaba en mi contra. Mi pierna se movía frenéticamente mientras observaba la barra de progreso. Mientras el documento se cargaba lentamente, la espera se volvió casi insoportable.
30%. . 35%. . 40%. .
De pronto, escuché unas voces que provenían del patio interno.
55%. . 60%. . 65%. .
—Vamos —murmuré, con el corazón en la garganta.
Esta vez oí las voces detrás de la puerta. Y todo apuntaba a que iban a entrar. Pero no me importaba. Había encontrado la pieza crucial que necesitaba, y con ella, la posibilidad de salir del hospital con la verdad en mis manos. No iba a irme ahora.
331
80%. . 85%. . 90%. .
Entonces la pantalla se apagó de golpe.
—¡No! —grité, desesperada.
Mi dedo se aferró al botón de encendido, apretándolo tantas veces como fuera necesario para encenderla de nuevo, pero no respondía. La frustración y la ansiedad se apoderaron de mí mientras luchaba con la incertidumbre de si mi mensaje habría sido enviado antes de que la pantalla se sumiera en la oscuridad total.
Fue entonces cuando me di cuenta de que se había ido la electricidad de toda la sala administrativa, iluminada únicamente por las luces de emergencia.
Segundos después, escuché fuertes golpes en la puerta.
Estaban intentando entrar, pero no podían porque la puerta también iba con un sistema de electricidad. Me puse en pie de golpe, buscando desesperadamente cualquier otra salida.
Pero en ese lugar solo había una puerta, y no era una opción salir por ahí.
Mis ojos recorrieron cada esquina de la sala. La idea de ocultarme bajo una mesa cruzó mi mente, pero rápidamente la descarté. Sería el primer lugar donde buscarían.
Los golpes seguían resonando, y aunque la puerta vibrara en respuesta, se mantenía firme.
—No me puedo creer que de verdad seas detective.
Oh, no.
Otra vez su voz.
—Ahora no, Nolan —mascullé, entrando en pánico por la desesperación.
—¿No crees que este es un buen momento?
Incluso en mi propia mente noté el sarcasmo en su voz.
—No, no tengo tiempo para escuchar una voz que ni si-332
quiera es real. Como podrás observar, estoy en una situ…
—Tienes una ventana detrás de ti, Jules.
Fruncí el ceño, pensando que no era posible que se me hubiese escapado ese detalle. Pero entonces me giré sobre mis talones y vi que, efectivamente, había una ventana que conectaba con otro rincón del patio interior. Entre su tamaño, algo estrecha, y la oscuridad, ni siquiera me había fijado.
Aunque era pequeña, evalué rápidamente las posibilidades de poder pasar por allí.
Sí, parecía la única opción.
Me acerqué a ella, pero estaba como a dos metros de altura. Ni saltando llegaría a ella.
—Usa una silla.
—No hacía falta que me lo dijeras, ya lo había pensado.
—Ya, claro.
Arrastré una de las sillas y la coloqué justo debajo de la ventana, pegada a la pared.
De pronto, me di cuenta de que ya no se escuchaba nada ahí afuera. El silencio que siguió fue casi más aterrador que los golpes anteriores. Mi ceño se frunció, pensando en que tal vez se habrían ido y. .
Ahogué un grito cuando la puerta se desplomó en un fuerte estruendo, chocando contra el suelo.
—¡Allí! —gritó un guardia, señalándome—. ¡Que no escape!
Subí a la silla y abrí el cristal antes de impulsarme hacia arriba con la ayuda de mis manos. Un escalofrío recorrió mi espina dorsal mientras me deslizaba por la abertura. Logré pasar medio cuerpo, pero antes de que pudiera sacar mis piernas, una mano firme agarró mi tobillo. Miré hacia abajo y me encontré con la mirada furiosa de Marlon.
—¿A dónde te crees que vas, querida? —inquirió, mostrán-333
dome esa sonrisa cínica.
Tiró con fuerza hacia mí, pero me agarré firmemente a los bordes de la ventana. Con la pierna que tenía libre, le lancé una patada con fuerza a la cara, sintiendo el crujir de algún hueso bajo mi suela. El agarre se aflojó momentáneamente cuando Marlon se llevó la mano a su nariz, dolorido. Aproveché la oportunidad para liberarme y salir al exterior.
—¡Será zorra! —escuché que bramaba.
Salí al patio y, sin perder tiempo, comencé a correr. La adrenalina impulsaba mis piernas a toda velocidad, pero antes de que pudiera llegar mucho más lejos, un grupo de guardias apareció desde el otro lado y bloqueó mi camino. Tampoco es que pudiese llegar muy lejos teniendo en cuenta que estaba encerrada en un hospital psiquiátrico.
Una risa irónica resonó en el aire. Me giré y vi a Marlon limpiándose la sangre de la nariz. La expresión de triunfo en su rostro me hizo estremecer. Se acercó a mí con determinación y, cuando estuvo a apenas unos centímetros de mí, me agarró del cuello de la camisa con un puño firme.
—Escúchame bien, zorra —murmuró cerca de mi oreja, sintiendo su aliento a escasos centímetros de mi piel—. No sé qué hacías ahí dentro, pero te aseguro que la directora será el menor de tus problemas.
Cuando me soltó, lo hizo con tanta fuerza que me tamba-leé hacia atrás. Pero no me caí al suelo porque dos guardias que estaban detrás de mí se apresuraron a sujetarme por ca-da brazo, arrastrándome hacia donde ya suponía que me llevarían.
Al llegar al despacho, entré sola con Marlon. Los otros guardias se quedaron fuera. La luz tenue de la lámpara que había en su escritorio iluminaba su rostro cansado, pero a pesar de eso no parecía tener intención de dejar de trabajar.