323
—El arrepentimiento es fundamental para poder progre-sar en este lugar, es el primer paso hacia el cambio y la recuperación. Sin él, su proceso aquí será más complicado. ¿Se a-rrepiente de lo que hizo?
Ni siquiera titubeó antes de contestar:
—No.
Supuse que no era la respuesta que quería la directora.
Un murmullo inquieto se extendió por la sala mientras algunos internos compartían miradas de sorpresa.
Fue entonces cuando alzó la cabeza y sus ojos se encontraron con los de la directora por primera vez desde que había entrado a esa sala.
—Lo haría una y otra vez hasta conseguir lo que quiero
—añadió.
La directora inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Y qué es lo que quiere?
—Matarlo.
La declaración de Adler dejó a todos boquiabiertos.
—Quiero acabar con su vida, hacer con mis propias manos que su corazón deje de latir, y sus pulmones se vacíen de aire hasta que acabe con su último suspiro —profirió con una ferocidad que jamás había visto de él—. No merece vivir, y haré lo que sea necesario para asegurarme de que pague por cada vida que ha quitado. No pienso quedarme de brazos cruzados, no mientras ese monstruo siga respirando.
Las impactantes palabras de Adler dejaron un silencio tenso que fue rápidamente roto por un chico de unas filas más atrás, que se puso en pie de golpe con el puño alzado mientras gritaba:
—¡Bien dicho!
El grito desató una ola de fervor entre los presentes, y fue 324
seguido por un coro espontáneo de vítores y aplausos, como si todos estuvieran de acuerdo con la justicia que Adler quería hacer por sus propios medios.
Más personas no tardaron en levantarse de sus sillas, mostrando su apoyo.
—¡Muerte para Nolan, justicia para todos! —exclamó Adler, alzando un puño.
—¡Muerte para Nolan, justicia para todos! ¡Muerte para Nolan, justicia para todos! —repitieron todos con la misma determinación, creando un estribillo que era lo único que resonaba en la sala.
Los rostros que antes reflejaban asombro ahora eran expresiones de apoyo y, en algunos casos, hasta admiración por la valentía de Adler al expresar lo que muchos quizás pensaban pero no se atrevían a decir.
Lexi y yo intercambiamos miradas inquietas. Lily optó por taparse los oídos con los ojos cerrados, como si quisiera ais-larse de la sala.
La directora hizo un ligero movimiento con la cabeza al grupo de guardias que estaban posicionados estratégicamente alrededor de la sala. Adler no opuso resistencia cuando dos de ellos se acercaron y retuvieron sus manos detrás de su espalda.
Fue conducido por los guardias hacia la salida. Mientras pasaba junto a mi fila, me lanzó una mirada cargada de odio.
Estaba convencida de que, después de lo que ocurrió ayer, ya no me miraría de otra forma que no fuese esa.
—La reunión se da por finalizada —sentenció la directora, aunque su voz quedó eclipsada por los gritos eufóricos de los presentes.
Lexi, Lily y yo nos pusimos en pie, siguiendo el flujo de la multitud para abandonar la sala en la que, en cuestión de se-325
gundos, había reinado el caos.
Cuando la directora pasó por mi lado, se detuvo frente a mí con una pequeña sonrisa victoriosa que no comprendí hasta que me dijo:
—Eso es lo que pasa, señorita Emmett, cuando dejo que Nolan Jenkins entre en estas instalaciones. ¿Ahora entiende por qué tuve que retenerlo en otro lugar?
Antes de que pudiera responder, continuó su camino.
* * *
Taché con el bolígrafo lo que acababa de escribir.
Sentada en mi cama con un cuaderno a mano, había plas-mado detalladamente todo lo que había intentado para resolver el misterio de Nolan. Sin embargo, a medida que las palabras fluían, también se deslizaban tachaduras sobre ellas, reflejando los intentos fallidos y las estrategias que no habían llevado a ningún lado.
Había probado de todo; hablar con pacientes y personal del hospital, indagar en las cosas de Nolan, investigar los expedientes médicos que la directora tenía en su despacho, acceder a la unidad de tratamiento residencial. . Y nada de eso me había resultado del todo útil. Excepto lo último, claro. E-so hizo que la investigación tomara un rumbo distinto.
Una idea fugaz cruzó mi mente y la plasmé en la hoja.
Pero para ello necesitaría una cosa. Me puse en pie, rebuscando entre los bolsillos de mi chaqueta para asegurarme de que aún lo tenía. Entonces noté algo en mi mano y lo saqué.
Di gracias a todos los dioses que no me hubiese deshecho de ella.
Até los cordones de mis zapatillas y me subí la cremallera 326
de mi sudadera hasta el cuello antes de salir de mi habitación.
ANÓNIMO
Vi cómo salía de la habitación y se ocultaba con la capucha de su sudadera, manteniendo la cabeza gacha para evitar miradas curiosas.
¿A dónde iba ahora?
La había estado observando desde que llegó, siguiéndola muy de cerca y pisándole los talones. Siempre había sospechado de ella, pero cada vez tenía más claro que no era quien decía ser.
Me deslicé entre las sombras, observando atentamente cada movimiento que realizaba, cada paso que daba. Intenté moverme con destreza, utilizando las esquinas y las paredes para mantenerme fuera de su campo de visión.
Después de bajar las escaleras y cruzar varios pasillos, acabamos en el patio interno del hospital. Maldije por lo bajo cuando el aire nocturno rozó mi piel desnuda. No pensé que saliera al exterior.
A medida que avanzaba, me iba ocultando detrás de las columnas de mármol que sostenían el peso del edificio, manteniendo una distancia prudente con ella. Escondida detrás de una de las columnas, asomé sigilosamente la cabeza para observarla. Fue entonces cuando presencié cómo sacaba al-go de su bolsillo.
Una tarjeta metálica.
La insertó en una ranura discreta en la pared. Un suave zumbido resonó en el aire mientras la puerta se abría. Di un respingo cuando su cabeza se giró de golpe hacia mi dirección, y tuve que ser más rápida que ella para que no me vie-327
ra. Después atravesó el umbral, desapareciendo en la oscuridad del interior.
Mierda. Mierda. Mierda.
Si entraba allí, iba a descubrir todo lo que habíamos tratado de ocultar.
Regresé corriendo para contárselo a los demás.
JULES
Cuando se cerró la puerta detrás de mí, los paneles de luz del techo comenzaron a parpadear hasta encenderse por completo, activados por el sensor de movimiento.
A medida que dejé caer lentamente la capucha, mis ojos se posaron en ese lugar, repleto de pantallas de ordenadores alineados en filas. No había cámaras de seguridad, algo en lo que me había fijado desde el principio.
Todo hospital psiquiátrico tiene un ala administrativa donde se gestiona el funcionamiento interno, los registros y las operaciones diarias. Solo debía encontrarla. Sospeché que sería este lugar cuando una noche desperté a causa de las pesadillas y me asomé a la ventana, que daba directamente al patio interno, tratando de encontrar calma en el paisaje.
Fue entonces cuando vi a un grupo de personas saliendo por esa puerta con carpetas y archivos a mano.
Con paso decidido, me acerqué a uno de los ordenadores.
La silla giratoria crujió suavemente cuando me senté en una de ellas. Busqué el botón de inicio y lo presioné, haciendo que la pantalla iluminara mi rostro.
Estos ordenadores estaban destinados exclusivamente al personal autorizado, que debían poseer una tarjeta metálica para acceder al sistema. Lo que no contaban es que alguien que no fuese del personal pudiese llegar tan fácilmente a e-328
lla. Por eso, cuando me pidió la contraseña del ordenador, tan solo tuve que insertar los números que había en la tarjeta para acceder.
La adrenalina fluía por mis venas, esa adrenalina que aparece cuando sabes que estás haciendo algo mal, pero te impulsa a seguir haciéndolo.
Mi mirada se desplazó por los iconos del escritorio. Después de unos interminables minutos de exploración, encontré una carpeta llamada «expedientes médicos». Deslicé el ratón hasta ella. Al abrirla, reveló los historiales clínicos detallados de todos los pacientes, además de informes de terapias, notas de los médicos y más.
Pensé que acceder a las oficinas administrativas del hospital podría proporcionarme información más detallada sobre Nolan. Además, podía consultar cualquier información por internet, algo que ya empezaba a echar de menos.
Eso era lo que había escrito en mi cuaderno, y esperaba que no fuese otra estrategia que no llegara a ninguna parte.
A medida que revisaba los archivos dentro de la carpeta, mi respiración se volvía más superficial, y mis ojos se movían frenéticamente sobre los nombres de los pacientes.
Después de unos momentos de búsqueda ansiosa, encontré su nombre.
Las fechas indicaban que lo habían trasladado el 16 de noviembre de 2020, y desde entonces había residido en este hospital, lo que significaba que llevaba cuatro años aquí. Los registros también proporcionaban información sobre la razón detrás de su traslado. Fue por motivos clínicos, nada que no supiera antes.
Mientras continuaba revisando los registros, un escalofrío recorrió mi espalda al darme cuenta de que algo no cuadraba. Las fechas de traslado y la información sobre la razón de-329
trás de la decisión parecían estar alineadas, pero mi intuición de investigadora privada me indicaba que algo no estaba bien.
Me fijé en que los historiales médicos de todos los pacientes tenían la firma de un profesional de salud mental; Richard James. Esta firma no solo autenticaba la información, sino que también garantizaba la responsabilidad y la autoría de los datos registrados.
Abrí el navegador e inserté su nombre. Según la información de internet, era un psiquiatra altamente respetado y u-no de los más demandados en Virginia. Su reputación destacaba por varias razones; experiencia y trayectoria profesional, especialización en diversas áreas, metodologías innova-doras. .
Estreché los ojos cuando se presentó frente a mí la siguiente información:
Nacimiento: 11 de septiembre del 1937
Defunción: 13 de noviembre del 2020