En la línea de fuego 308
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—Sí, pero Foster considera que mi papel es más valioso aquí, en la comisaría. —Landon suspiró, revelando un atisbo de resignación en sus palabras.

—Lo cierto es que no te veo mucho siendo detective.

—¿Debería ofenderme eso? —preguntó Landon, con una sonrisa socarrona.

—Por Dios, no durarías ni un día ahí. ¿Debo recordarte esa vez en la que llegó un paquete a comisaría y lo etiquetaste como sospechoso?

—No, no lo recuerdo. —Se llevó la taza a sus labios, tratando de ocultar su rostro con ella.

Oh, por supuesto que lo recordaba.

—¡Era una caja de donas! —Estallé en carcajadas.

—Para.

—¡Y te pensabas que era una maldita caja de explosivos!

—No sigas.

—¿En qué mente existe esa posibilidad?

—En mi defensa diré que esa caja era rara. No había ninguna razón para envolver donas de esa manera.

Su argumento me causó más gracia aún. Incluso él pareció darse cuenta de que lo que acababa de decir era una gilipollez, porque se sumó conmigo a las carcajadas.

Mi mirada se desvió hacia la puerta de la cafetería, que alguien acababa de abrirla para entrar. En ese momento, fue como si me tiraran una jarra de agua fría. La sonrisa desapareció gradualmente de mi rostro al reconocer a la persona que acababa de entrar.

No. Podía. Ser. Verdad.

Su pelo oscuro estaba recogido en una coleta alta, dejándose algunos mechones rebeldes que le enmarcaban su fino rostro. A pesar del frío que hacía fuera, llevaba puesta una 309

simple cazadora negra, junto a unos tejanos del mismo color y unas botas militares.

—Jules, ¿estás bien? —preguntó Landon, notando mi cambio de expresión.

Pero no encontraba las cuerdas vocales para contestar, ni siquiera podía apartar la mirada de la figura que acababa de entrar. Era ella, sin duda. Mi corazón ya se había agolpado a mi pecho con fuerza mientras intentaba procesar lo que veía.

Se acercó a la barra y se quitó los auriculares de las orejas para pedirle a la camarera un chocolate caliente para llevar.

Mientras esperaba a que se lo prepararan, sacó el móvil de su bolsillo y comenzó a teclear en él distraídamente.

Tragué saliva con fuerza. La confusión en mi mente era tan abrumadora que ya ni siquiera confiaba en lo que mis propios ojos presenciaban.

Como si notara que alguien la estuviese observando fijamente, giró la cabeza hacia mi dirección y sus ojos color ámbar se encontraron con los míos. A pesar de la indiferencia que caracterizaba su rostro, este se iluminó con una amplia sonrisa al reconocerme.

Cuando vi que se acercaba a nuestra mesa, mi respiración se cortó.

—¡Clarke! —exclamó, lanzándose hacia mí, y en un instante ya estaba entre sus brazos.

¿No odiaba los abrazos?

Landon se quedó mirándonos con desconcierto.

—Beth —dije en un murmuro apenas audible.

—¿Os conocéis? —preguntó Landon.

—¡Por supuesto! Fuimos compañeras de habitación en un. . Bueno, que te lo diga ella mejor. —Su mirada se dirigió de nuevo hacia mí—. ¿Qué has hecho ya?