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Landon apagó el motor y giró la cabeza para mirarme.
—Queríamos darte la oportunidad de que te despidieras de él.
Tragué saliva con fuerza, intentando deshacer el inmenso nudo en la garganta que se me había formado. Él pareció notar mi evidente cambio de humor.
—Si no quieres, podemos ir a otra parte y. .
—No, quiero hacerlo. —Hice una pausa—. Pero prefiero ir sola, si no te importa.
Landon comprendió de inmediato que era un momento íntimo que debía respetar, así que no se contrapuso.
—Tómate el tiempo que necesites. Estaré aquí esperándo-te.
Asentí una vez con la cabeza.
Salí del coche y tomé una bocanada de aire antes de adentrarme por el sendero de grava, flanqueado por árboles que formaban una especie de túnel natural.
Las lápidas se alzaban en memoria de aquellos que yacían en reposo para siempre. Algunas estaban decoradas con flores, notas escritas a mano y pertenencias, mientras que otras permanecían solitarias, como si hiciese tiempo que nadie las visitaba. Sentí lástima por ellos. Nadie merecía ser olvidado de esa manera.
El césped bien cuidado y los árboles proporcionaban sombra y serenidad al lugar. Busqué la lápida de mi padre entre las demás, pero muy a mi pesar no quería encontrarla.
Porque eso significaría que era real, que mi padre estaba muerto.
Entonces la vi.
El nudo que ya se me había formado en la garganta se intensificó, y una oleada de latidos frenéticos resonó en mi pe-302
cho. Esa era la primera vez que veía su tumba, y se me hizo. .
extraño. La última vez que lo vi estaba en casa, y sus ojos estaban llenos de vida. Ahora, en cambio, nos distanciaban dos o tres metros bajo tierra. Me negaba a creer que todo lo que quedaba de él era una lápida que llevaba su nombre y unas simples fechas. Unas fechas que debían haberse prolongado más. Mucho más.
Aún tenía que verme con un vestido de boda, resolviendo muchos más casos en mi trabajo, una barriga pronunciada por el embarazo que tanto ansiaba él y una pequeña versión mía. Tal vez dos, quizás.
Pero la vida es cruel, y a veces te arrebata a las personas que más quieres, incluso si son las únicas que tienes en tu vi-da.
Acorté la distancia, dando unos pasos pequeños. Suspiré profundamente, intentando contener la emoción que amenazaba con desbordarse. Al hacerlo, un vapor helado salió de mi boca.
—Hola, papá —murmuré, y mi voz se quebró.
No esperaba una respuesta, pero hubiese dado lo que fuera por escucharla.
—No pensé que tuviera que decirte adiós tan pronto
—confesé. Mi vista ya se había nublado por las lágrimas que empañaban mis ojos—. Y no tengo la menor idea de cómo hacerlo.
Hubo un silencio pesado en el aire.
—Hay una cosa que debes saber —continué—. El caso que me asignaron fue distinto a los demás. Me pedían que me hiciera pasar por una paciente de un hospital psiquiátrico, e ingresara ahí hasta que encontrara pruebas suficientes para acusar a un interno que supuestamente debería estar en prisión. Si acepté fue por ti, papá. Estaba dispuesta a darte todo 303
lo que me ofrecían de dinero para salvarte. Y ahora no le encuentro sentido a esto.
El frío se apoderaba de mis huesos, pero no era solo el cli-ma helado que nos rodeaba. Era el frío de la realidad, la sensación gélida de que había perdido a la persona que más quería en este mundo.
Las lágrimas se escapaban de mis ojos, y mis mejillas ya estaban empapadas. Miré la inscripción en la lápida y sentí un dolor punzante en el pecho.
—No sé qué hacer —susurré con voz entrecortada, mi aliento visible en el aire frío—. Antes hubiese dado cualquier cosa por irme del hospital, pero ahora me da miedo ir a casa y que no estés.
El viento soplaba entre los árboles, llevándose consigo las palabras que apenas podía articular. Las lágrimas caían sin cesar, y cada una llevaba consigo el peso de la soledad que se había apoderado de mi vida desde su partida.
Recordaba las palabras exactas que me dijo antes de que me fuera:
“Tú hiciste que me sintiera vivo, Jules. Por eso la idea de morir ya no me asusta.”
Cerré los ojos, intentando contener el dolor que me a-plastaba el pecho. Mi corazón dolía demasiado en ese momento, y no sabía cómo aliviarlo. Cada vez se hacía más insoportable.
Mi mente empezó a deslizarse por los recuerdos, buscando pequeños detalles que habían definido a mi padre. Recordé su sonrisa cálida, su risa peculiar cuando algo le resultaba gracioso de verdad y la manera en la que sus ojos se achina-ban cuando lo hacía. Todo eso se convirtió en una llama que 304
ardía en mi memoria, y el dolor se intensificó con cada imagen evocada. Sentía que mi corazón gritaba en silencio, cla-mando por la presencia que ya no estaba.
Al levantar la vista de nuevo, noté algo que no había percibido antes. Una furgoneta. Estaba estacionada a cierta distancia. Era negra, y los cristales estaban tintados, por lo que no podía ver si había alguien dentro. Pero me sentí extrañamente observada.
Quise quedarme un poco más allí, pues no sabía cuándo podría volver, pero la sensación de incomodidad creció. Me pregunté cuánto tiempo llevaba esa furgoneta allí, esperando. Observé una última vez la lápida, intentando memorizar cada detalle, antes de dar media vuelta y alejarme.
Al llegar al coche, abrí la puerta y me deslicé en el asiento, agradeciendo que la calefacción estuviese puesta.
Landon, con una expresión comprensiva, preguntó:
—¿Mejor?
—Sí, lo necesitaba. Gracias —susurré, y él respondió con una suave sonrisa, dejando claro que no tenía nada que agradecer.
—Todavía nos quedan dos horas. Podemos ir al Coffee Mill o a visitar el. .
—El Coffee Mill está bien.
Solíamos pasar el rato ahí, así que me pareció buena idea para mantener esa sensación de cotidianidad a lo largo de la tarde, intentando que el día pareciera lo más normal posible.
Apoyé mi cabeza en el asiento mientras nos dirigíamos hacia el centro del pueblo, dejando atrás el cementerio.
Durante el trayecto, nos mantuvimos en un silencio cómodo. La radio sonaba bajito, proporcionando un suave murmullo de fondo. Mientras me sumergía en mis pensamientos, divisé por el espejo retrovisor las luces de un vehí-305
culo que se estaba aproximando.
Miré detenidamente y me di cuenta de que era la misma furgoneta negra que había visto en el cementerio. El pánico comenzó a subir por mi garganta, y la sensación de incomodidad regresó con intensidad. Traté de calmarme, pues estábamos en una carretera, por lo que era obvio que habría más vehículos.
Sin embargo, empecé a preocuparme cuando, después de varias intersecciones y cambios de dirección, la furgoneta seguía detrás nuestro.
—Landon.
—¿Mhm?
—Esa furgoneta lleva detrás nuestro todo el rato.
Landon, con el ceño ligeramente fruncido, miró primero por el espejo central y luego por el lateral.
—¿Qué quieres decir?
—¿Hace falta que te lo diga? Eres policía.
Al ver que su rostro seguía con la misma incertidumbre, añadí con un tono obvio:
—Nos están siguiendo.
Landon emitió una pequeña carcajada.
—No creo que sean tan estúpidos de seguir a un coche patrulla, Jules.
—Los he visto en el cementerio. Eran los mismos.
—Será un vehículo fúnebre —agregó, y lo miré fijamente con el ceño fruncido—. Ya sabes, esos vehículos que están diseñados para transportar ataúdes y facilitar el traslado de. .
—Sé lo que son.
Soltó un suspiro.
—Mira, Jules. Entiendo que como investigadora privada 306
tienes el deber de ponerte siempre en lo peor, pero. .
—¡¿Por qué todo el mundo piensa lo mismo?! —lo interrumpí, indignada y harta a partes iguales.
Justo cuando me disponía a mirar de nuevo por mi retrovisor, me di cuenta de que los teníamos más cerca. Y se estaban acercando a una velocidad alarmante.
—Landon.
La furgoneta seguía aproximándose, casi alcanzándonos.
Ahora estaban tan cerca que apenas veía su capó.
—¡Landon! —grité, temiendo que en cualquier momento colisionaran con nosotros.
Pero, entonces, la furgoneta se cambió de carril y nos adelantó.
Mis mejillas se ruborizaron, siendo claramente consciente de la ridícula e inútil escena que acababa de protagonizar.
Cerré los ojos un momento, pensando en que mis instintos paranoicos cada vez me estaban haciendo jugar una mala pasada. Supuse que Landon pensó lo mismo, porque se limitó a echarme una ojeada algo preocupado antes de clavar la vista de nuevo hacia la carretera.
Al llegar a la cafetería, el aroma a café recién hecho nos recibió, y el cálido murmullo de voces junto al suave tintineo de las tazas humeantes crearon una agradable atmósfera familiar. Elegimos un rincón tranquilo, donde los últimos rayos de sol se filtraban a través de la cristalera del local y pintaban patrones dorados en las mesas de madera.
—Echaba de menos esto —admití, observando la calle que teníamos enfrente.
—Y yo a ti.
Sonreí con complicidad.
La camarera se acercó para tomar nuestras órdenes. Él 307
pidió su bebida habitual, un café solo, mientras que yo opté por un café con leche de soja. La facilidad con la que podía sumergirme en cualquier charla trivial con Landon siempre me sorprendía, independientemente del tema. Los silencios incómodos no eran un problema para nosotros, pues Landon siempre tenía un tema que sacar, y yo una anécdota que recordar.
De esta manera, nos pasamos toda la tarde ahí. A medida que esta avanzaba, las sombras se alargaban dentro de la cafetería hasta que solo quedó iluminada por las luces artificia-les del lugar.
«Las luces»
Ya ni siquiera podía pensar en ellas sin imaginármelas parpadeando.
Mis ojos se posaron irremediablemente hacia una de las lámparas de la cafetería, y el recuerdo de las luces intermitentes en el hospital psiquiátrico resurgió en mi mente. Una incomodidad familiar se apoderó de mí, haciendo que mi piel se erizara, y me di cuenta de que, incluso en un lugar tan acogedor, las sombras del pasado aún podían acechar.
—¿Jules?
Devolví la atención hacia mi amigo.
—¿Sí?
—Te estaba preguntando si te está ayudando que Lexi es-té ahí contigo.
—Oh, sí. Es un alivio contar con ella.
Le dio un sorbo a su café e hice lo mismo.
—Fue idea mía —admitió—. De hecho, iba a ser yo quien ocupara su lugar.
Eso me tomó por sorpresa.
—¿En serio?