En la línea de fuego 292
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* * *

Miré a mi alrededor. Estaba en una habitación tan blanca que costaba diferenciar los límites. Mi mirada fue atraída hacia la única persona que había en ella, una niña de no más de diez años. Sus manos estaban atadas a la silla en la que estaba sentada con correas bien firmes. Me pregunté por qué no se resistía a soltarse. Quizás simplemente se había rendido.

Un escalofrío me recorrió la espalda al comprender la impotencia que la pequeña debía estar sintiendo. Mi primer instinto fue ayudarla, pero algo me detuvo. Al acercarme, su rostro me resultó familiar. Ojos azules, cabellera castaña, piel clara. .

La mirada de la niña se alzó hacia mi dirección. Pero entonces comprendí que no me estaba mirando a mí, sino a alguien que acababa de entrar por la puerta que tenía a mis espaldas.

Me giré y vi a tres hombres vestidos de blanco. Dos de ellos sostenían a un niño que debía tener la misma edad que ella, pero parecía un poco más mayor. Aún así, no debía superar los catorce años. Tenía la cabeza agachada, por lo que solo podía ver su pelo oscuro.

El otro se acercó a la niña, lanzándole una mirada amena-zadora.

—Hazlo —ordenó el hombre con voz grave.

La niña negó con la cabeza. Sus ojos ya se habían llenado de lágrimas, como si supiera por qué estaban aquí.

—Si no lo haces tú, lo haremos nosotros —insistió.

—¡No quiero hacerlo! —sollozó con una voz frágil y quebrada.

Sentí una mezcla de impotencia y rabia, preguntándome quiénes eran esos hombres y por qué tenían a una niña atada 293

a una silla, forzándola a hacer algo que no quería hacer. Pero no podían verme, así que intuí que tampoco podrían escucharme.

El guardia se giró hacia los otros dos. Ahogué un grito cuando uno de los hombres que sostenía al niño le lanzó un puñetazo en las costillas, haciendo que el pobre se doblara por el dolor.

—¡Basta! —gritó ella.

El siguiente puñetazo que le dieron en el mismo lugar fue tan fuerte que se escuchó el crujido de un hueso roto. La niña comenzó a llorar desesperadamente.

—¡Parad! ¡No le hagáis daño!

—Hazlo —repitió el mismo hombre que se lo había pedido.

Volteé hacia el otro lado de la habitación al notar la presencia de alguien más. Nolan estaba en un rincón de la habitación, observando la misma escena que yo. Apretó los dientes con fuerza, con los ojos fijos en ese niño. Sentía la misma impotencia que yo.

Entonces sus ojos se clavaron en mí y pronunció las siguientes palabras:

—La verdad está en tus pesadillas, Jules.

Cuando desperté, el cielo estaba empezando a esclarecerse, pero seguía siendo de noche. Aparté las sábanas y me puse en pie de golpe.

Abrí la carpeta y saqué todos los dibujos, extendiéndolos por la mesa para poder verlos todos a la vez. Luego, aparté a un lado los que salía con mi padre y en el otro los que creía que eran pesadillas.

Los dibujos de las pesadillas eran similares. En todos apa-294

recía una niña, un fondo blanco y en algunas ocasiones un niño.

En medio de esos dibujos, encontré uno que me heló la sangre. Era la representación exacta de la escena que acababa de experimentar en mi pesadilla. La niña atada a una silla, los hombres de blanco sujetando al niño. .

El dibujo era tan detallado que me resultaba imposible creer que fuera simplemente una coincidencia.

Y ya había visto a esos hombres de blanco.

—La verdad está en tus pesadillas —murmuré.

Cogí el dibujo y lo comparé con un recuerdo que hubiese recreado con mi padre. Al observar con atención, noté que la niña protagonista en todos esos dibujos era la misma, con sus ojos azules y su cabello castaño.

Era yo.

Me quedé sin respiración.

¿Y si no eran pesadillas? ¿Y si eran recuerdos?