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—No lo digo por eso, es que las luces. . —No sabía cómo explicarlo sin que pareciera una demente.
—¿Qué le pasa a las luces? ¿Quieres que las apaguemos?
—No, es que. . —vacilé un poco, incapaz de explicar la extraña sensación que me había invadido—. Las luces estaban parpadeando, y han dejado de hacerlo cuando hemos dejado de besarnos.
Adler me miró con escepticismo, y la tensión que antes era puramente sexual ahora se había transformado en una atmósfera incómoda.
—¿Estás bromeando? —preguntó, y su tono se volvió más áspero.
—¡Claro que no!
Se separó de mí, poniéndose en pie y cogiendo la sudadera del suelo para ponérsela.
—¿Es que no me crees? —inquirí, incorporándome.
—Escúchate, Clarke. Ni siquiera comprendo cómo te crees a ti misma.
Eso me dolió más de lo que debería.
—Si he hecho algo que te ha podido molestar, simplemente dímelo —agregó—. Y no uses como excusa las malditas luces.
—No es una excusa.
—Ya, claro.
Terminó de ponerse la sudadera y se dirigió hacia la puerta.
—Adler, espera.
Pero ya había cruzado la puerta, cerrándola de un portazo. Dejé escapar un suspiro frustrado. No podía culparlo por no entender mi desconcierto, hasta yo dudaba de mí misma.