En la línea de fuego 288
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Emití una risa sarcástica, pero antes de que pudiera darle un portazo, colocó un pie entre el marco y la puerta.

—Por favor, Clarke. Deja que te lo explique.

—¿Quieres perder el pie? Porque si no lo mueves, eso es exactamente lo que va a pasar.

—Lo que no quiero es perderte a ti. Me importa una mierda mi pie.

Solté un largo suspiro y miré por encima de mi hombro.

—Bien, entra. Pero que sea rápido —dije mientras cedía y dejaba espacio para que entrara.

Cerré la puerta detrás de mí cuando pasó por mi lado, sumiéndonos en un tenso silencio que solo él podía romper.

—Ayer, mientras estabas en la enfermería, Margot vino a hablar conmigo. Supongo que me vio un poco decaído, porque me preguntó qué me pasaba. Le dije que te habías dado un golpe en las duchas y que. .

—Esa historia ya me la sé —lo corté de manera abrupta.

—No le dije que estabas loca —dijo finalmente, suspirando—. Joder, ¿cómo iba a decir eso cuando el loco aquí soy yo?

Fruncí el ceño.

—¿Tú?

—Sí. Estoy loco por ti, Clarke. Jodidamente loco.

Mis ojos se abrieron por la sorpresa, no esperaba que su confesión tomara ese giro.

—Me vuelve loco cada parte de tu cuerpo, cada parte de ti. —Dio un paso al frente—. Y por eso no soporto estar mal contigo, porque siento que cada discusión me aleja más de ti.

Desde que nos besamos, no he podido sacarte de mi cabeza.

Así que créeme cuando te digo que el que ha perdido la cabeza aquí soy yo.

Su mirada buscaba la mía, como si quisiera encontrar el 289

mismo deseo que había en él. La habitación parecía cargarse con una nueva energía, una tensión distinta.

Seguía cabreada con él, pero no podía negar lo innegable.

Lo deseaba, tanto como él me deseaba a mí.

Lo empujé con fuerza por el pecho, haciendo que se tam-baleara hacia atrás algo confundido. Antes de que pudiera articular palabra, me abalancé sobre él con urgencia. Segundos más tarde, mi boca estaba en la suya.

Nuestros labios se encontraron en un beso apasionado.

La tensión que llenaba la habitación se transformó en una ardiente complicidad, y cada roce de sus labios avivó la llama de la atracción que, a pesar de todo, persistía entre nosotros.

Rodeó sus manos en mi cintura, atrayéndome más hacia él. Le bajé la capucha para poder pasar mis dedos por su melena rubia y alborotada mientras seguíamos besándonos de forma salvaje. Esta vez era distinto a la última vez que nos besamos. Había algo más, queríamos algo más que solo un beso.

Atrapó mi labio inferior con sus dientes, succionándolos de una manera deliciosa. Al imaginar que podía hacer eso en otras partes de mi cuerpo hizo que mandara señales eléctricas por todo mi cuerpo.

Joder, necesitaba más. Mucho más.

Él pareció notar mis ansias, porque me agarró por las nal-gas para levantarme, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura y haciendo que mi camiseta se subiera un poco.

Sentí mi espalda chocar contra la pared que tenía detrás, aprisionándome en ella. El beso continuó con una voracidad que trascendía las palabras, haciendo que nuestras respiraciones se agitaran cada vez más.

Se separó un poco para recorrer mi cuello, dejando besos húmedos en él mientras ahogaba un grito por el placer que 290

sentí ante la deliciosa fricción de nuestras caderas. Mis manos se aferraron a su espalda con fuerza.

—¿Estás segura? —preguntó antes de seguir.

—Solo cállate y haz que olvide este día de mierda.

Estampó su boca en la mía con más fuerza, conduciéndo-me hacia su cama. Mi cuerpo rebotó al caer tumbada encima del colchón. Se quitó la sudadera de un solo movimiento, dejando su piel descubierta. Mis ojos ardientes recorrieron su torso desnudo y el calor me llenó el cuerpo.

Abrí mis piernas para recibirlo, y con ese simple movimiento supe que lo volví loco. Lo pude ver en su mirada, ahora completamente oscura. Se colocó entre mis muslos, apoyando sus codos a ambos lados de mi rostro para no a-plastarme, y siguió besándome por el cuello.

Mientras lo hacía, noté que la luz del techo que proyectaba la lámpara de noche comenzaba a parpadear. Giré mi cabeza y mis ojos se clavaron en la bombilla, creando destellos intermitentes que iluminaban la habitación de forma irregular.

Sus labios seguían explorando mi cuello con una urgencia creciente, pero todo el calor que había experimentado en ese momento se volvió gélido al tiempo en que me concentraba en esas luces. Si existía la posibilidad de que hubiese alguien detrás de ellas, significaba que sabía lo que estaba pasando en esa habitación.

—Para —dictaminé.

Sus ojos se encontraron con los míos y frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Creo que alguien podría estar mirando —susurré, y Adler, ahora también alerta, siguió mi mirada hacia la lámpara.

Pero la luz había vuelto a la normalidad.

—Aquí no hay cámaras, Clarke.