En la línea de fuego 284
41%

284

—Foster tuvo la teoría de que podría ser su médico, pero al intentar localizarlo se dio cuenta de que lleva años viviendo fuera del país.

—Mierda, hubiese estado genial entrevistarlo —murmuré, más por mí misma.

—En fin, solo quería contarte esto.

Se levantó de mi cama.

—Lexi —la llamé.

Se giró hacia mí.

—¿Sí?

—¿No recuerdas nada. . de un laboratorio?

Frunció el ceño.

—¿Fuera del hospital?

—No, de hecho. . —Sacudí la cabeza—. Olvídalo.

Asintió y se marchó de mi habitación.

Giré mi cabeza hacia la ventana que tenía encima de mi cama. Me vi reflejada a mí misma y, sin embargo, no me reconocí. Mis ojos, que alguna vez reflejaron seguridad, ahora mostraban una mezcla de confusión y desesperación. Era el reflejo de una persona que había cambiado, y no precisamente para mejor.

Llevé mi mano hacia la herida y arranqué las tiritas. Al quedar mi piel descubierta me di cuenta de que no había ninguna señal que indicara que me había dado un golpe ahí.

Ni un moratón, ni la zona enrojecida, ni hinchada. Nada de nada. Por no hablar de que nunca me había llegado a doler.

Una herida no se curaba tan deprisa.

Me levanté, con el pánico aplastándome las costillas, y sentí la necesidad de abrir la carpeta de Nolan para rebuscar en sus archivos cualquier pista, cualquier cosa que me indicara que no estaba loca.