En la línea de fuego 278
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—Aunque sea una oferta bastante tentadora, sé que lo mejor que puedo hacer es seguir con esto.

Me miró con seriedad, pero también con preocupación.

—Tú misma lo has dicho. Te estás volviendo loca aquí dentro.

Una de mis comisuras se elevó, formando una débil sonrisa.

—Supongo que valdrá la pena.

* * *

Deslicé la bandeja por los barrotes metálicos mientras me ponían la cena del día. Las verduras, que parecían haber pasado por un proceso de cocción más prolongado del necesario, compartían espacio con lo que se suponía que era carne.

Tuve que hacer mis esfuerzos para ignorar a la pelirroja que se había saltado toda la cola para ponerse expresamente a mi lado, ganándose miradas de reproche. Cogió su bandeja y sonrió amablemente a las trabajadoras.

—Sé un poco más agradecida con la comida —espetó al ver mi expresión de desagrado—. No todo el mundo puede permitirse el lujo de comer.

—No se trata de ser agradecida, sino de tener estándares mínimos de calidad. No porque estemos aquí significa que debamos conformarnos con comida que parece haber pasado por una licuadora.

Margot frunció el ceño, defendiendo su postura.

—Al menos, agradece que tienes algo para comer. Hay personas que darían cualquier cosa por estar en tu lugar.

—Lo dudo —murmuré.

Me detuve al final de la sección, observando a través de la 279

vitrina qué postre elegir. Aunque, sinceramente, prefería quedarme sin con tal de no aguantar más a esa pelirroja que ahora iba de alma caritativa con los tercermundistas.

—Se dice por ahí que crees que te estás volviendo loca en este lugar.

Me mantuve en silencio con la mirada al frente.

—¿Sabes? En tu defensa, siempre he creído que no estás muy cuerda —agregó—. Bueno, lo supe desde que me diste ese empujón porque mencioné a tu familia.

Mis puños se tensaron tanto que pude ver los nudillos blancos marcarse bajo mi piel, pero intenté mantener la calma.

—Es la reacción que suelo tener cuando alguien que no sabe nada sobre mí se atreve a opinar.

—Una reacción muy madura, ¿no crees? —inquirió con un deje de ironía.

—La misma madurez que usaste tú para mencionar a mi familia.

Esbozó una sonrisa en esos labios voluminosos, disfrutando del malestar que causaba.

—Solo digo lo que todos piensan. Joder, parecías una desquiciada esa noche. —Se rió de manera mordaz—. A lo mejor, deberías considerar lo que dice Adler.

Me giré hacia ella, logrando lo que ella quería. Pero me daba igual. Porque me importaba bien poco lo que opinaban todos sobre mí, excepto Adler.

—¿Qué dice?

—Oh, solo que estás al borde de la locura y que deberías dejar este lugar por tu bien, antes de que te vuelvas completamente inestable —explicó, sin borrar esa sonrisita—. Pero, a fin de cuentas, todos los que estamos aquí se supone que 280

es porque ya hemos perdido un poco de nuestra cabeza.

Dime, ¿qué te llevó a acabar en este lugar?

Apreté los dientes con tanta fuerza que mis sienes comenzaron a dolerme. Me giré lentamente hacia ella hasta confrontarla.

—Te aconsejaría que cuidaras tu boca, Margot. Mi paciencia tiene un límite, y tú lo estás rozando.

Ni siquiera supe la fruta que cogí, pero la puse en mi bandeja y me alejé de ella, dando grandes zancadas hasta llegar a la mesa donde estaban Lexi, Adler y Lily. Los tres se giraron hacia mí cuando dejé la bandeja con un poco más de fuerza de la necesaria.

—¿Cómo estás? —preguntó Lexi, analizándome con la mirada.

—Bien. Genial. Estupendamente. —Ensanché una sonrisa, asintiendo frenéticamente.

Adler, a mi lado, alzó una ceja.

—¿Y a ti qué te pasa?

Sin siquiera mirarle, dictaminé:

—No me arruines la cena, porque bastante tengo con comerme esta aberración.

Lo dije de forma tan directa y tajante que el silencio que se formó en la mesa estuvo cargado de tensión. Y así fue co-mo estuvimos durante la siguiente media hora. Lexi iba haciendo algún comentario, pero de nada servía para aliviar la tensión que había.

En cuanto terminé, me despedí de ellos excusándome que estaba cansada. Sin embargo, volteé los ojos cuando noté u-na sombra siguiéndome.

—Ahora no, Adler.

—Estás enfadada, lo pillo —dijo, caminando más deprisa 281

para adaptarse a mi ritmo—. ¿Y ahora me puedes explicar por qué soy yo el motivo?

Me detuve para mirarlo fijamente, obligándolo a hacer lo mismo.

—Si querías que me fuera, solo tenías que decírmelo.

Su rostro reveló que se esperaba de todo, menos eso.

—Oh, venga ya. ¿De qué te sorprende que me haya enterado si vas por ahí contándole las cosas a Margot?

Al fin pareció comprender de qué iba todo esto.

—Solo le he dicho la verdad.

—¿Que estoy al borde de volverme loca y que es mejor que me vaya de este hospital? ¿O por el contrario crees con más razón que debería quedarme?

—No sé qué te pasa últimamente, pero estás diferente.

—¿Ahora no tengo derecho a cabrearme?

—¡A esto me refiero! ¡Te pones siempre a la defensiva!

Mi paciencia llegó a su límite, y le espeté:

—¡¿Cómo esperas que reaccione cuando todos están opi-nando sobre mi salud mental y tú no eres la excepción?! Joder, me lo esperaba de todo el mundo. Pero, ¿de ti? Eso sí que ha sido una sorpresa. Si tan preocupado estabas, podrías haberme preguntado directamente qué me ocurría en lugar de andar divulgando tus propias teorías.

Hice una pausa antes de añadir:

—Si yo no me defiendo, no habrá nadie que lo haga por mí.

Dicho eso, me alejé de él, dejándolo en medio del pasillo.

Al llegar a mi habitación, me quité los pantalones y el sujetador, dejándome únicamente una camiseta ancha que usaba para dormir. Me tumbé en la cama, exhausta, y miré el techo mientras la oscuridad de la noche se colaba por la venta-282

na.

¿Cómo podía explicarle a alguien lo que estaba pasando sin parecer completamente desquiciada?

Alguien llamó a la puerta, pero ni siquiera me molesté en contestar. No quería hablar con nadie, porque con cualquier persona que interactuaba me sentía más y más incomprendi-da.

La puerta se abrió suavemente y entró alguien.

—¡Vete con Margot y déjame en paz!

Agarré lo primero que tenía a mano, que resultó ser mi cojín, y lo lancé en su dirección con fuerza.

Lexi, sorprendida, logró atraparlo al aire antes de que le diera en toda la cara.

—Mierda. Lo siento, Lexi. Creí que eras. . —Cerré la boca, sellando mis labios—. No importa.

No hizo falta que mencionara su nombre, pues ella misma había presenciado la tensión en la mesa.

—Tranquila, ya tengo habilidad para esquivar objetos vola-dores. Una vez mi ex me lanzó unos calzoncillos al pensar que no eran suyos. Pilló esta extraña costumbre cuando se i-ba encontrando con cosas que creía que no tenía.

—¿Y eran suyas?

—No.

Ambas nos reímos. Fue como un bálsamo para mí al notar mi pecho vibrar. Hacía tiempo que no experimentaba esa agradable sensación.

Cerró la puerta detrás de ella y se sentó al borde de la ca-ma, junto a mí.

—¿Tú también crees que estoy loca?

La alegría abandonó su semblante.

—Lo que creo es que llevas más de un mes aquí, y has pa-283

sado por mucho. Hay ciertos límites que la mente puede so-brepasar si se enfrenta a situaciones extremas.

Solté un suspiro.

—Landon cree que debería dejar este caso.

—Tú eres la única que puede decidir si es lo correcto o no seguir adelante. ¿Qué piensas tú?

—Pienso que estoy a punto de descubrir la verdad, pero que voy a perder la cordura en el proceso. Si es que no la he perdido ya.

—Estás buscando respuestas, y eso te hace valiente, no loca.

No lo había considerado de esa manera.

—Esta mañana he hablado con Foster —añadió—. He tenido que contarle lo que te había pasado, ya que hace tiempo que no te comunicas con él.

Esperé a que siguiera.

—Y. . tiene algo —añadió.

La miré fijamente con un destello de intriga.

—Tal y como le pediste, ha entrevistado a varios entrenadores de boxeo de la academia a la que fue Nolan. No han si-do muy reveladoras, solo han reconocido que era bueno en ese deporte. Pero, cuando le han mostrado la imagen de ese hombre que aparecía en varias ocasiones, han admitido que lo han visto de espectador en prácticamente todos los rings.

—O sea que tenía un vínculo estrecho con Nolan.

—Así es.

—¿Se sabe ya si es un familiar o. .?

—Su nombre es Nathaniel Schneider. Es uno de los neurólogos más prestigiosos del país.

—¿Un neurólogo? —repetí, frunciendo el ceño—. ¿Y qué haría un neurólogo con Nolan?