En la línea de fuego 270
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El lugar se bifurcaba en varias direcciones, por lo que ele-gimos uno de los caminos, sin estar seguros de hacia dónde nos dirigíamos. No supe ni de dónde estaba sacando la energía para andar. A pesar de la tormenta emocional que me envolvía, seguí adelante con Adler y Lexi a mi lado. Ellos eran el único pilar que me sostenía en ese momento.

Detuvimos nuestros pasos al percatarnos de que habíamos estado a punto de adentrarnos en un pasillo repleto de cristaleras, a través de las cuales podíamos ver figuras humanas en su interior. Nos asomamos cautelosamente y reconocí al grupo de personas con batas blancas que ya había visto en los pasillos del sótano.

—Fueron ellos —aseveré en voz baja.

—¿A los hombres que viste? —preguntó Lexi en el mismo tono.

Asentí.

—¿Eso es un laboratorio? —Adler frunció el ceño.

Los tres entrelazamos miradas, porque eso era justamente lo que parecía.

Había varios equipos tecnológicos avanzados dispersos por la zona, algunos emitiendo zumbidos suaves y otros mostrando pantallas brillantes llenas de información que no podíamos entender.

Me fijé en que estaban manipulando una sustancia líquida amarillenta con un aire de concentración y seriedad. Todo estaba sumido en un silencio inquietante, interrumpido por el destello metálico de los instrumentos.

De pronto, la puerta que había al otro extremo del pasillo se abrió de golpe. Y, en menos de un segundo, ya había más de seis guardias armados dirigiéndose hacia nosotros.

—¡Corred! —gritó Adler.

Salimos disparados hacia la dirección opuesta. El aire sil-271

baba a nuestro alrededor, y el pulso acelerado marcaba el compás frenético de nuestra huida. Giramos en una intersección, tomando decisiones instintivas sin tiempo para pre-meditarlas.

Sin embargo, mis pasos se ralentizaron hasta detenerse por completo cuando noté ese característico pinchazo en la cabeza. Cerré los ojos con fuerza, intentando aminorar el dolor, pero era insoportable.

Adler y Lexi, al percatarse de que había dejado de correr, se detuvieron a unos cuantos metros.

—¡Clarke, vamos! —escuché que gritaban.

La punzada aguda se intensificaba, como si un rayo de dolor recorriera mi cabeza. Me apoyé contra la pared, luchando por mantenerme en pie mientras el malestar se apoderaba de mis sentidos.

Lexi se acercó a mí.

—Escúchame, Jules —comenzó a decir en voz baja para que Adler no lo escuchara—. Deja de culpabilizarte por lo que le ha ocurrido a Beth, tienes que. .

—¡No es eso! —grité, exasperada. Necesitaba hacer desaparecer ese dolor como fuera.

—¿Entonces, qué. .?

Mis rodillas fallaron, y en cuanto pensé que caería al suelo, Adler ya estaba a mi lado para evitarlo. Pasó mi brazo alrededor de sus hombros y me impulsó hacia arriba para que siguiéramos corriendo.

—¡Deteneos! —escuchamos a nuestras espaldas.

Los tres nos giramos y vimos a los guardias apuntándonos con esas armas. Comenzaron a dar órdenes, pero las voces me llegaban desde la distancia, como a través de un túnel.

El dolor en mi cabeza alcanzó su punto máximo, y mi 272

cuerpo se rindió.

* * *

Todavía me palpitaba la cabeza cuando desperté. La luz suave de la enfermería del hospital iluminaba la habitación, revelando las caras preocupadas de Lexi, Adler y Lily. Parecieron bastante aliviados al ver que había abierto los ojos.

—Hola, dormilona. —Lexi sonrió.

—¿Qué ha pasado?

Antes de que cualquiera de los tres pudiera responderme, la directora apareció en mi campo de visión, acompañada por un doctor. Su presencia siempre me imponía.

Con su mirada penetrante y su sonrisa pulida, se acercó al lado de mi cama y sentenció:

—Anoche resbalaste en las duchas y perdiste el conocimiento. Afortunadamente, una compañera te encontró y a-lertó al personal de seguridad. Te diste un buen golpe en la cabeza, pero por suerte no ha sido necesario ponerte puntos.

Llevé mi mano a la frente, donde noté algo rugoso. Me habían colocado una tirita sobre la herida, lo que no recordaba cómo me la había hecho.

Aunque sus palabras sonaban convincentes, mi mente se resistía a aceptar esa versión de los hechos.

Y, entonces, como un destello de luz que rompe la oscuridad de la noche, los recuerdos emergieron en mi mente, despejando la neblina que los envolvía.

Recordé ir por el conducto de ventilación.

Recordé el laboratorio.

Recordé escapar de los guardias.