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Recuerdo que había un cuento que mi padre siempre me leía cuando era pequeña.
Iba sobre una chica que caía en una madriguera de un conejo y se encontraba en un mundo extraño y fantástico lleno de personajes peculiares y situaciones surrealistas. En ese instante me sentía como la protagonista de ese cuento.
Era como si, al cruzar esa abertura, accedieras a otra di-mensión. Incluso llegué a dudar si seguíamos en el hospital psiquiátrico, pues nada de ese lugar parecía pertenecer ahí.
Experimenté una sensación similar cuando entré por primera vez a la sala de visitas.
Las paredes, de un impoluto blanco casi deslumbrante, junto a las luces fluorescentes, daban paso a una estética más futurista. A pesar de encontrarnos en un hospital bastante antiguo y negligente, ese sitio parecía haber sido reformado recientemente. Fuese lo que fuese ese lugar, no debería estar aquí.
«Beth»