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El sonido de un disparo resonó en el aire, y no comprendí lo que estaba pasando hasta que vi el cuerpo de Beth desplo-marse hacia atrás.
La bala le había alcanzado a ella.
Sus ojos perdieron su brillo al instante. La vitalidad que alguna vez había habitado en ellos, se extinguió por completo en un parpadeo.
Un grito amenazó con escapar de mi garganta, pero apenas pude articular palabra. Fue como si mi cuerpo entero se congelara y no reaccionara.
No. No. No.
Beth, la primera persona que conocí en este hospital, no podía habernos abandonado. Simplemente me negaba a creerlo. Porque no se merecía morir así, no de esta manera. Y
pensar que nunca podría contarle quién era en realidad, el verdadero propósito por el que estaba aquí y lo que estaba sucediendo en este hospital, hacía que se me revolvieran las tripas.
Más disparos. Escuché más disparos. El caos reinaba en mi entorno. Y, sin embargo, seguía sin poder apartar la mirada del cuerpo inerte de Beth. Mi brazo todavía colgaba, como si inútilmente despertara y me agarrara la mano una vez más.
Pero eso no iba a suceder. Porque estaba muerta.
Noté que tiraban de mí hacia atrás, alejándome de esa persona a la que le había confiado tantas cosas, a la que le había prometido que no le dejaría sola.
Mi vista se nubló mientras los recuerdos salían a flote co-mo una marea que amenazaba con derribar todo a su paso.
La primera vez que nos conocimos y me sentí afortunada por tenerla como compañera de habitación. Las sonrisas que compartimos cuando comenzó a reírse de los guardias de 265
seguridad, llamándolos con apodos extraños que sólo ella era capaz de imaginar. La vez en que me encontró en los baños y, sin conocerme de nada, se ofreció a mostrarme el hospital. .
Todo agolpaba en mi mente en un sordo zumbido, que ya no sabía si lo estaban provocando el sonido de las balas o mi propia cabeza. El peso de la pérdida y la impotencia se instalaron en mi pecho, oprimiendo el aire que luchaba por llevar a mis pulmones.
Noté una sacudida de hombros.
—¡Clarke, hay que irse! ¡Ahora! —Era la voz de Adler, pero ni siquiera pude mirarlo.
—Beth está. . está. .
Sentí las lágrimas fluir por mis mejillas. Me temblaba el labio inferior.
Lexi emitió un grito cuando una de las balas por poco la alcanzó, perforando el conducto de ventilación e impactando en la pared que teníamos detrás.
—¡No podemos quedarnos aquí o nos matarán a todos!
—gritó, desesperado—. ¡Ya no hay nada que podamos hacer por ella!
Un impacto sordo reverberó a través del conducto y, de pronto, una nube de humo comenzó a envolver el lugar.
Fue como si mis sentidos despertaran de un letargo mo-mentáneo.
Sentí que mis manos se aferraban con fuerza a las paredes del conducto mientras me obligaba a avanzar. Mi cuerpo se movía de forma automática, pues mi mente seguía allí con Beth. La promesa de no dejarla sola resonaba en mi cabeza mientras la distancia entre nosotras aumentaba cada vez más.
La adrenalina corría por mi sangre mientras huíamos de 266
la densa nube de humo que se infiltraba en el conducto, en-volviéndonos en una cortina asfixiante. Nuestras respiraciones entrecortadas se mezclaban con el sonido atronador y metálico de las balas impactando contra el conducto, que temblaban bajo el constante martilleo de los proyectiles.
Tosíamos violentamente, luchando por respirar en ese espacio claustrofóbico y sofocante, pero aún así seguimos mo-viéndonos.
—¡Allí! —Lexi señaló una rejilla que pareció ser nuestra vía de escape más próxima.
Adler, quien había estado liderando el camino, comenzó a patalear la rejilla con la esperanza de abrir un camino hacia la libertad.
Me asomé por encima de mi hombro. La nube cada vez estaba más cerca, y por la forma en que mis músculos se estaban empezando a debilitar supe que no era humo para difi-cultarnos la visibilidad, sino un agente calmante para ador-mecernos.
La sensación de entumecimiento ya se estaba extendiendo por todo mi cuerpo, y estaba convencida que en el de los demás también. Una corriente de angustia se apoderó de mí.
Me sobresalté al escuchar el crujido metálico. La rejilla había cedido.
Adler fue el primero en bajar de un salto. Extendió una mano para ayudar a bajar a Lexi, y luego se volvió hacia mí con los ojos llenos de urgencia. Sin perder más tiempo, me agaché para pasar por la abertura. Justo cuando me disponía a bajar tomó mi cintura al vuelo con ambas manos, dejándome en el suelo con suavidad.
Ya estábamos lejos del peligro.
Comencé a toser, llevándome una mano al pecho, buscando desesperadamente oxígeno. Adler me colocó una mano 267
en la espalda, trazando suaves círculos en ella.
—¿Qué demonios es este sitio? —escuché que preguntaba Lexi.
Alcé la mirada lentamente y mis ojos se abrieron con asombro. Fue en ese mismo instante cuando comprendí que no estábamos lejos del peligro, sino más cerca que nunca.