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Nos detuvimos enfrente de una obertura que había en u-no de los extremos del conducto, por donde provenían voces lejanas. Al ser amplia, nos permitió a todos observar el área desde las alturas.
Unos cuantos metros más abajo, justo debajo de nosotros, había un grupo de guardias armados, cargando lo que parecía ser un arma bastante pesada. No supe identificar cuál e-ra, jamás la había visto. Pero estaba bastante segura de que eso lanzaba balas a más de cincuenta metros de distancia.
—Deberíamos seguir por aquí —sugirió Lexi, sin apartar la mirada del grupo de guardias que se paseaban por los pasillos—. No es seguro ir a pie.
Asentí, dándole la razón. Me daba la impresión de que había mucha más seguridad desde que tuve esa conversación con la directora.
Seguimos gateando por el conducto, intentando que nuestros movimientos no nos revelaran. Llegamos a un co-rredizo donde teníamos que pasar por encima de una rejilla que parecía bastante inestable. Me asomé por encima del hombro para advertirles de eso.
—Cuidado, no creo que aguante el peso de tod. .
Un grito reconocido detrás de mí hizo que girara la cabeza, alarmada. La rejilla había cedido justo cuando Beth estaba pasando por encima de ella, haciendo que se desplomara con un estruendo metálico.
—¡Beth! —la llamé, con la garganta crispada por el pánico.
Me asomé por la apertura.
—Estoy bien —aseguró, algo aturdida.
El alivio inundó todo mi ser, cerrando los ojos un momento.
Eran unos tres metros de caída, por lo que si caías bien podías salir ileso. Pero por la forma en la que se estaba aga-263
rrando el tobillo me hizo pensar que no había sido tan afortunada.
Antes de que pudiera preguntárselo de nuevo, escuché otro ruido, pero esta vez provenía de la distancia. Era el sonido de pasos apresurados, pasos de guardias de seguridad. El impacto de la rejilla contra el suelo debía haber atraído su atención.
—¿Puedes levantarte? —le pregunté con algo de urgencia.
Si no lo hacía ya, nos descubrirían.
Se impulsó hacia arriba con la ayuda de sus manos, pero al quedar de pie no pudo apoyar una de sus piernas.
—No creo que pueda seguir —murmuró con una mueca de dolor en su rostro.
Elevó la vista y no hizo falta que emitiera palabra alguna, pues pude descifrar lo que quería decir con tan solo su mirada. Quería que siguiéramos sin ella.
—No. —Negué con la cabeza—. No pienso dejarte aquí.
Me acosté boca abajo para estirar el brazo todo lo que pude.
—Dame la mano.
—Sabes que no puedo —lo dijo con una calma que me estaba empezando a desesperar.
Los guardias estaban muy cerca. Podía sentirlo.
—¡Tenemos que irnos de aquí! —gritó Adler.
—Dame. La. Mano. —repetí palabra por palabra.
—Además, os retrasaría.
—¡Dame la mano, Beth!
—Siempre te he creído, Clarke. Averigua qué está pasando en este lugar —dijo, mirándome fijamente con una sonrisa cálida. Era como si solo confiara en mí para que hiciese tal cosa.