En la línea de fuego 260
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—¿Eh?

—El lugar al que se dirigían —aclaró—. ¿Y si no está en es-te plano porque quieren ocultarlo?

—Eso sería ilegal. —Beth frunció el ceño.

—¿Y no lo es tener retenido a Nolan en otro lugar? —Alzó una ceja—. ¿O que solo haya tres comidas al día? Vamos, este lugar tiene el nombre ilegal puesto en el cartel de entrada.

Tras esa posibilidad que no había considerado hasta ahora, el sueño que tuve ayer se desplegó frente a mí, recordando las palabras exactas que me dijo Nolan:

—No tengo mucho tiempo. Tienes que ir a la última planta de este edificio.

—¿En los sótanos?

—No. En la última planta, Jules. En el corazón de este hospital.

Sé que era un sueño, pero por extraño que sonara, tenía sentido.

—Maya tiene razón —dije.

—Yo siempre la tengo.

Una sonrisa se dibujó en mis labios al recordar que siempre me contestaba eso cada vez que se lo decía. Cuando le contaba mis problemas y lograba mencionar una solución que no se me había ocurrido, cuando me ayudaba a investigar mis casos y sabía detectar algo que yo pasaba por alto. .

Ella pareció evocar esos recuerdos, porque me devolvió la sonrisa.

—Bien, ¿y qué hacemos ahora? —preguntó Beth, haciendo que volviéramos a poner los pies en la Tierra.

—Ya hemos comprobado en más de una ocasión que po-261

demos acceder a la bodega sin ser detectados, lo que nos llevará a esos pasillos —contesté, mirándonos unos a otros—.

Si este hospital oculta algo, lo averiguaremos esta noche.

Salimos de la habitación y nos dirigimos cautelosamente hacia las escaleras que nos conducirían a la bodega.

Sin embargo, apenas doblamos una esquina, tuvimos que retroceder para ocultarnos detrás de la pared.

Había dos guardias escoltando la entrada de las escaleras.

—Estupendo —murmuró Beth.

—¿Hay alguna otra manera de acceder a los sótanos?

—preguntó Lexi.

—Sí, la hay. —Alcé la mirada hacia el techo—. Hay que buscar un conducto de ventilación.

Recorrimos varios pasillos hasta encontrar una rejilla. Adler se ofreció a subirme en sus hombros para poder alcanzarla. Nos aseguramos de que no hubiese ningún guardia ni algún paciente deambulando por ahí antes de hacerlo.

Mis manos temblaban ligeramente mientras desenroscaba el último clavo que faltaba. Una vez quitada, se la di a Lexi para que la dejara en el suelo.

Hice todos mis esfuerzos para impulsarme hacia arriba.

Los demás hicieron lo mismo, entrando uno tras otro en el estrecho espacio. Adler fue el último en subir, ya que no necesitaba la ayuda de nadie.

La oscuridad del conducto se cerró a nuestro alrededor mientras avanzábamos. Cada movimiento y susurro resonaban de manera amplificada. Avanzamos con precaución, sorteando giros y bifurcaciones.

Mis pensamientos iban y venían entre la incertidumbre y la adrenalina que corría por mis venas. No sabía con qué nos íbamos a encontrar esa noche, pero de lo que sí que era muy consciente era que, si nos pillaban, estábamos jodidos.