En la línea de fuego 259
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La lámpara de la habitación de Lexi proyectaba el plano del hospital, desplegado sobre su cama, revelando con detalle la complejidad del edificio. Adler lo había robado cuando se co-ló en el despacho de la directora pensando que algún día le sería de gran ayuda, y nunca imaginó que ese momento sería hoy.

—Aquí está la bodega —señalé una sección específica del plano, y después deslicé el dedo unos centímetros más—. Y

aquí fue donde vi a esas personas.

Adler, Beth y Lexi se inclinaron sobre el plano, examinando detenidamente las áreas señaladas.

—¿Y hacia dónde se dirigían? —preguntó Adler—. En ese área solo hay pasillos, pero el plano no muestra ninguna puerta ni ningún lugar al que pudiesen ir.

—Eso es lo que hay que averiguar, por si no te habías dado cuenta. —Beth rodó los ojos.

—Ni siquiera sé qué haces aquí si sigues sin creer a Clarke

—masculló él.

—Sí que la creo, ¿vale? —contestó, levantando la barbilla con determinación—. Pero me cuesta hacerlo.

—Pues yo lo hice desde el principio.

—Claro, porque para ti todo lo que diga ella es sagrado.

—Eso no es. .

—¡Ya basta! —exclamé, irritada—. Así no puedo concentrarme.

Adler se cruzó de brazos, enfurruñado. Beth, por su parte, se limitó a hacerle una peineta.

—Tenían que dirigirse hacia alguna parte —murmuré pensativa, mientras analizaba el plano.

Lexi, que hasta ahora se había mantenido en silencio, dijo:

—¿Y si no está aquí?