En la línea de fuego 246
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—¿Qué? No es mala idea.

—Es una idea malísima —aseguré.

—Para ser honesta, a mí sí que me apetece emborracharme —opinó Lexi.

La fulminé con la mirada por llevarme la contraria.

—¡Sabía que Maya era de las mías! —exclamó Beth, dándole un ligero empujón con el hombro.

—¿En serio estamos considerando esto? —pregunté.

Lexi asintió con una expresión traviesa.

—Sí, ¿por qué no? No es como si tuviéramos muchas opciones emocionantes por aquí.

—Vamos, Clarke. Anímate —agregó Beth, poniendo ojos de cachorrillo, como si así pudiese convencerme.

Lo consideré un momento. La bodega se encontraba en la última planta. Quizás esta noche podría ser la oportunidad perfecta para explorar más a fondo esos sótanos de los que todos hablaban.

—Está bien.

—¡Sí! —festejó Beth, extendiendo los brazos hacia arriba—.

¡Esta noche promete!

* * *

—Menuda locura —dijo Lexi, observando el interior de la bodega asombrada—. Y yo que pensaba que no habría suficiente alcohol para escoger.

Beth se acercó a una estantería y cogió una botella de vi-no, sosteniéndola con esa sonrisa que aparecía cada vez que cometía alguna travesura.

—¿Qué tal un Merlot de la añada del 95? —inquirió, mos-247

trando la etiqueta.

—Es perfecto para la ocasión. —Lexi sonrió.

Nos acomodamos en el suelo y comenzamos a pasarnos la botella entre nosotras para darle un sorbo, aunque moderaba los míos ya que debía tener mis sentidos nítidos esa noche.

—¡Juguemos a un juego para conocernos mejor! —propuso Beth—. ¿Qué tal una ronda de verdad o reto hecho a mi manera?

—¿A tu manera? —repetí, alzando una ceja—. Miedo me da.

—Es simple. Solo se hacen preguntas y por cada respuesta que creamos que no es cierta, la persona bebe.

—¿Y qué sentido tiene que se llame reto? —Lexi frunció el ceño.

Beth se encogió de hombros.

—Ninguno. ¿Quién quiere empezar?

—Yo misma —se animó Lexi.

Beth no tardó ni tres segundos en lanzar la pregunta:

—¿Te gustan las mujeres?

—Qué discreta —murmuré, volteando los ojos.

Lexi soltó una risita divertida antes de contestar.

—Me temo que no.

—Pues bebe, porque no me lo creo.

—¿No te lo crees o no quieres creerlo? —La miré con aire burlón.

—¡No es eso! —Beth se ruborizó visiblemente—. Es que nadie puede estar tan seguro si no lo han probado nunca.

—¿Estás insinuando algo, pelinegra? —Lexi alzó una ceja de manera divertida.

La pobre Beth ya parecía un tomate de lo roja que estaba.