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El patio interno del hospital era como un pequeño oasis de serenidad en medio del caos que reinaba en ese lugar. Me preguntaba por qué no había ido antes.
Un árbol majestuoso se alzaba en el centro, proporcionando una sombra reconfortante. Había bancos de piedra que rodeaban un pequeño estanque, donde el suave murmullo del agua era lo único que se escuchaba.
Beth, Lexi y yo estábamos sentadas en uno de esos bancos charlando sobre trivialidades. La tarde se desplegaba an-te nosotras con un cielo salpicado de tonos anaranjados y rosados, mientras las últimas luces del día se filtraban entre los edificios circundantes.
—Al final anoche no hicimos nada —protestó Beth.
Lexi y yo entrelazamos miradas por un breve instante.
—Creo que un poco de tranquilidad no nos vendría mal
—murmuré.
—Nuestros días ya se resumen en esa palabra. Deberíamos saltarnos las reglas por una noche.
—¿Por una noche? —repetí, incrédula—. Hemos estado rompiendo las reglas desde que llegamos aquí.
—¿Ah, sí? —Lexi arqueó una ceja acusadora, obligándome a apartar la mirada con cierta vergüenza. Puede que hubiese hecho cosas que no entraban en el plan—. ¿Alguna idea que tengas en mente, Beth?
La sonrisa que se dibujó en su rostro reveló que tenía una, y conociéndola seguro que una bastante mala.
—Robar una botella de alcohol en la bodega y emborracharnos.
Y ahí estaba la pésima idea.
El silencio reinó entre nosotras. Beth paseó la mirada entre las dos.