234
—Ay, Dios. Ha pasado algo entre vosotros, ¿verdad?
—Solo nos hemos besado —aclaré, apoyando mi peso en la mesa.
—¿Y cómo fue? ¿Te gustó?
Lo cierto es que ansiaba tener ese tipo de conversaciones tan triviales con alguien, en especial con una persona que ya conociera. Me recordaba a la normalidad, a la vida antes de los secretos y las preocupaciones que me habían llevado a este lugar. Era como si, por un momento, pudiera sumergirme en la cotidianidad y dejar atrás mi nueva y cruda realidad.
—Puede —dije finalmente, disimulando una sonrisa.
—¡Lo sabía! —Me señaló acusatoriamente—. Yo también tendría que haber sido detective. Se me da de perlas deducir cosas.
No pude evitar reírme, negando con la cabeza.
—¿Te han asignado una habitación sin compañeros? —le pregunté distraídamente, echándole un vistazo a la habitación vacía—. Eso es toda una suerte.
—Pues sí, así podré follar todo lo que quiera.
Rodé los ojos.
Se acercó al escritorio y, junto a mí, comenzó a revisar todos los papeles que había en la carpeta. Cinco minutos después, la mesa era en una montaña de documentos esparcidos sobre ella.
Le había pedido a Foster que reuniera toda la información que tuviera de Nolan, desde su infancia hasta los últimos años previos a su ingreso en este hospital. Necesitaba empezar por sus raíces.
—Este tipo es un enigma —murmuró Lexi, hojeando concentrada un informe—. Nació en una pequeña ciudad, no tiene padres registrados y, según esto, fue un talentoso bo-235
xeador.
Entre los papeles encontré un recorte de periódico con una noticia que se titulaba: "El prodigio del boxeo, Nolan Jenkins, vive una pesadilla en el cuadrilátero." Con una chispa de intriga en los ojos, comencé a leer lo que ponía en él: En una noche llena de expectativas y emociones, el joven boxeador Nolan Jenkins se enfrentó a un combate trascenden-tal en el Evento Internacional del Boxeo (EIB) que marcaría su séptima victoria en los últimos cuatro años, consolidando su posición como una estrella ascendente en el mundo del boxeo.
Sin embargo, lo que prometía ser un evento inolvidable pa-ra muchos seguidores, se convirtió en una tragedia cuando u-no de los contrincantes, Dexter Zagaley, de 20 años, sufrió un paro cardíaco durante el combate, desplomándose sobre la lo-na. A pesar de los esfuerzos inmediatos del personal médico por reanimarle, no se pudo salvar, dejando a todos los presentes conmovidos.
El mundo del boxeo se une en luto por la pérdida de un valiente competidor, que nos recuerda la importancia de priori-zar la seguridad y el bienestar de los atletas en este deporte tan exigente.
—Vaya. . era realmente un prodigio en el ring —comenté en voz alta—. Llevaba una racha impresionante de victorias.
—¿Y qué pasó?
—Su contrincante falleció en uno de los combates por un paro cardíaco.
Lexi alzó las cejas, sorprendida.
—¿Crees que por eso dejó el boxeo?
—No se abandona una carrera tan prometedora sin una 236
razón importante, así que es posible. Pero no tiene sentido.
¿Se traumó por una muerte y ahora provoca cientos al año?
—Puede que sea su manera de lidiar con ese trauma. Hay personas que tienen un nivel de estrés tan alto que acaban cometiendo atrocidades.
—Pero, ¿realmente crees que alguien pueda cambiar tanto por un incidente? ¿Hasta el punto de convertirse en el asesino más temido del país?
—Sí, es raro. —Lexi dejó escapar un suspiro—. Aunque la mente humana es compleja.
—No creo que venga de ahí el problema —me limité a decir, y continué revisando los documentos, tratando de encontrar pistas sobre lo que pudo haber llevado a Nolan Jenkins a un cambio tan radical en su vida.
Mis ojos quedaron irremediablemente atrapados en las imágenes que mostraban a Nolan sin camiseta, con los guantes de boxeo y el cuerpo sudoroso mientras entrenaba en esa federación de boxeo.
La intensidad con la que miraba a su contrincante o al sa-co de boxeo hizo que la parte baja de mi vientre se manifestara, recordando cuando esos ojos tan hermosos estaban puestos en mí. Se le marcaban tanto los abdominales que hasta podría contarlos fácilmente con un dedo. La tensión muscular de su espalda y brazos hacía que te quedaras ab-sorbido. Seguro que era otra arma poderosa para usarla a su favor en un combate, y estaba convencida de que, si yo fuera su contrincante, me habría rendido incluso antes de que. .
Un golpe sutil en el hombro me sacó del trance.
—Céntrate. —Lexi me lanzó una mirada de reojo con una sonrisa divertida en su rostro.
Me aclaré la garganta, algo avergonzada, y seguí con mi búsqueda.