En la línea de fuego 231
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—Foster me pidió que viniera, porque cree que tú sola no vas a ser capaz de seguir con esto.

—Soy perfectamente capaz de hacer mi trabajo, créeme.

Solo necesito tiempo.

—Ya, pues no hay tiempo. Este caso cada vez está más cerca de cerrarse. Los jueces consideran que no es relevante, y si no actuamos ahora, todo este caso podría perderse.

Guardamos silencio cuando dos chicas pasaron de largo para dirigirse al baño.

—Lárgate ahora mismo, Lexi —dije entre dientes, furiosa—. Antes de que sea demasiado tarde. ¿Es que no lo entiendes? Aquí presenciar suicidios se ha convertido en algo común, y al parecer que te intenten matar también.

Lexi se llevó una mano a la boca para cubrírsela, con los ojos tan abiertos que pensé que se le saldrían de órbita.

—¡¿Te han intentado matar?!

—Una larga historia. —Exhalé aire—. Lo que te estoy intentando decir es que no tienes ni idea de a dónde te has metido. Esto no va contigo. ¡Ni siquiera eres investigadora privada, solo una oficial de policía!

—Eso me ha ofendido más de lo que debería. —Percibí una sombra de sonrisa en su rostro. Ni siquiera en momentos tan tensos como esos dejaba de bromear—. ¿No puedes simplemente aceptar mi ayuda?

—Tampoco tengo opción —murmuré.

—Esta noche busca mi habitación, es la ciento cuatro. Ah, y trae esa carpeta. Vamos a investigar a fondo a ese cabronazo para tenerlo cogido por los huevos.

* * *

Esperé impacientemente en mi habitación hasta que la aguja 232

del reloj marcaron las doce, que era la hora a la que la gente solía acostarse.

Me puse en pie con la carpeta a mano y giré el manillar de la puerta con cautela, pero mi intento de discreción se vio interrumpido al encontrarme cara a cara con Adler.

Tenía la mano alzada en un puño, como si justo en ese instante fuese a picar mi puerta con los nudillos.

—Hola. —Deslizó la capucha de su sudadera negra hacia atrás, revelando su perfilado rostro.

Me apresuré en ocultar la carpeta detrás de mi espalda.

—Hola. ¿Qué haces aquí?

—Solo quería saber cómo estabas.

—Pues me temo que vas a obtener la misma respuesta que todas las otras veces que me lo has preguntado.

Una de sus comisuras se elevó, acostumbrado ya a mi humor.

—¿Puedo pasar? —inquirió.

—Es que. . justo ahora iba al baño.

—Bien, pues te acompaño.

—¡No! —Me aclaré la garganta al darme cuenta de que había rechazado esa oferta demasiado rápido—. Es decir. . prefiero ir sola. Si no te importa.

Frunció el ceño, analizando cada una de mis palabras, y asintió comprensivamente.

—Vale, pues nos vemos mañana.

—Sí, nos vemos mañana —repetí, forzando una sonrisa.

Se giró con aire dubitativo para finalmente desaparecer por el mismo pasillo.

Un suspiro escapó de mis labios a la vez que mi sonrisa se esfumaba. Odiaba tener que ocultarle cosas. Ojalá algún día 233

pudiese contarle toda la verdad y liberarme de ese peso.

Cerré la puerta tras de mí, asegurándome de que la carpeta quedara fuera de su vista, y bajé las escaleras que conducían al primer piso.

Recorrí con la mirada hacia todas las puertas con sus res-pectivos números, buscando la habitación con el número que Lexi me había indicado.

Justo cuando me disponía a llamar, la puerta se abrió de golpe y tuve que ponerme a un lado para dejar pasar a un chico, que se estaba ajustando el cinturón. Lo seguí con la mirada antes de entrar.

—¿En serio? —Alcé una ceja, viendo cómo Lexi se estaba acomodando el cabello con los dedos—. ¡No llevas ni un día aquí!

—Necesito lidiar con el estrés de alguna manera, ¿vale?

—se defendió.

—¡Pero si llevas menos de veinticuatro horas! Yo estoy aquí desde hace un mes.

—Sí, y no me creo que no hayas echado ningún polvo.

Se puso en pie, alisando las arrugas de su camiseta con ambas manos.

—Pues no lo he hecho, así que créetelo.

—Porque no has querido. —Se encogió de hombros—. No creas que no he visto cómo te mira el rubito ese.

Solté un suspiro, dejando la carpeta sobre su escritorio.

Supongo que mi silencio me delató, ya que no le contradije eso.

Lexi detuvo sus movimientos para mirarme fijamente con un brillo travieso en sus ojos, como si fuera una adolescente de quince años que acababa de descubrir que su amiga había perdido la virginidad.