En la línea de fuego 221
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—Cambia esa cara. ¿No te ha contado Foster que he logrado hablar con el asesino? —inquirí, tratando de contagiar-le mi entusiasmo.

Él levantó la mirada, forzando una sonrisa.

—¿Debería alegrarme que hayas estado cerca de él?

—Debería alegrarte que al fin lo haya podido ver —corregí.

No se levantó de la silla para saludarme, lo cual me resultó un poco extraño. Pero traté de no darle importancia.

—Fue un poco difícil al principio, pero logré sacarle información. El muy idiota se cree que puede engañarme. —Negué con la cabeza mientras tomaba asiento—. ¿El asesino o-freciéndome ayuda para encontrar al asesino? Oh, vamos.

Este se piensa que nací ayer.

Landon asintió en silencio, pero su mirada seguía perdida.

Algo no estaba bien.

—¿Tienes los archivos? —le pregunté.

Sacó una carpeta de la mochila que estaba en el suelo y la atrajo hacia mí.

Al estar en la segunda unidad, se consideraba que los pacientes ya podían tener sus pertenencias. Incluso podían recibir algunas cosas del exterior, lo cual era un alivio. Si no me hubiesen trasladado hoy, tendría que habérmelas apañado para esconder esa carpeta. Y no es que fuese muy discreta, que digamos.

—Venga, suéltalo de una vez. ¿Qué te pasa?

Landon suspiró, todavía con la mirada fija en algún otro lugar que no fuesen mis ojos. Supongo que sabía que tarde o temprano llegaría esa pregunta.

—Hay algo que debes saber, Jules.

En otro momento le hubiese recordado que aquí usara el nombre de Clarke, pero me tenía tan preocupada que decidí 222

no cortarle.

Se tomó un momento antes de encontrar las palabras adecuadas, como si cada una de ellas le pesara en el corazón:

—Siento mucho tener que ser yo quien te diga esto.

—Landon, ¿qué pasa? Me estás preocupando.

Se pasó ambas manos por el pelo de manera nerviosa. Entonces me fijé en que esta vez había algo distinto en él. No tenía su habitual cabello castaño bien peinado, ahora lo tenía revuelto, como si se hubiese pasado los dedos por el pelo muchas veces. Y su mirada estaba decaída, envuelta por una manta oscura de ojeras. Jamás lo había visto así, solo cuando pasó lo de su hermana pequeña.

Un momento.

—Es sobre. . ¿mi padre? —inquirí con voz temblorosa.

Lo supe incluso antes de que lo dijera.

—Ha fallecido esta mañana.

El mundo pareció detenerse a mi alrededor. La noticia golpeó mi pecho como un martillo, dejándome sin aliento.

No podía ser real, no podía ser cierto. Mi padre, el único pilar que tenía en mi vida, no podía haberse ido tan fácilmente.

Mi mente luchaba por asimilar las palabras de Landon, pero el eco de la realidad se instaló en mi corazón. Muy a mi pesar, sabía que este momento llegaría. Solo que no estaba preparada.

—No. . —murmuré, incapaz de articular más palabras.

Sentía un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarme. Era como si el suelo se hubiera desmoronado debajo de mí, dejándome en un abismo del que dudaba que pudiese salir.

Lo que más me dolió fue pensar que no había podido despedirme de él, que nunca supo que el verdadero motivo por 223

el que me fui fue para salvarlo, que las últimas palabras que hubiésemos compartido fueran un "nos vemos pronto", sin saber que nunca más íbamos a volver a hacerlo.

La silla en la que estaba sentada era mi único anclaje, porque dudo mucho que mis piernas hubiesen podido sostenerme en ese momento. Mi mente repasaba recuerdos y momentos compartidos con mi padre, todos buenos, lo que solo intensificaba la pena al saber que se convertirían en recuerdos del pasado, irrepetibles, y ahora lejanos.

La imagen de su sonrisa cálida y sus ojos llenos de orgullo se volvían borrosas entre lágrimas que se estaban acumulando. Quise abrazarlo una vez más, quejarme de lo pesimista que era o hablar con él durante horas mientras veíamos esos horribles programas de subastas.

Duele. Duele cuando darías la vida por alguien, y te das cuenta de que incluso eso no habría sido suficiente para im-pedirlo. Es un dolor que se arraiga en lo más profundo, dejando cicatrices invisibles que solo el tiempo puede atenuar, pero nunca borrar del todo.

Landon me estaba diciendo algo, podía ver sus labios moverse. Pero no escuchaba nada. El zumbido sordo en mis oídos eclipsó cualquier sonido externo.

—¿Sufrió? —No supe ni cómo encontré la voz.

Landon negó con la cabeza.

—Su corazón dejó de latir mientras dormía, perdió la con-ciencia incluso antes de que despertara.

Bajé la cabeza y vi cómo una lágrima caía sobre mi pantalón.

—Lo siento mucho, Jules —murmuró—. Su pérdida me duele tanto como a ti, créeme.

Le creía, por supuesto que lo hacía. Landon era como uno más de la familia. Innumerables veces se quedaba charlando 224

con mi padre mientras yo hacía la cena, o compartíamos risas los tres en el Rabbit Hole, uno de los bares más conocidos del pueblo. No quise ni imaginarme el dolor que debió sentir él también al enterarse de la noticia.

—La funeraria es mañana. Te iré a buscar en cuanto estés lista.

Parpadeé, volviendo a la realidad.

—No. . no puedo salir de aquí, Landon.

—Claro que puedes. Porque hoy mismo vas a darte de baja

—dictaminó.

Fruncí el ceño, todavía con los ojos húmedos.

—¿Qué?

—Ya no tiene ningún sentido que sigas con este caso. Sé que lo hiciste por tu padre, pero ahora está. . —No pudo terminar la frase—. Él no habría querido esto.

Fue suficiente para levantarme de la silla, notando cómo la tristeza empezaba a tomar forma de enojo. Landon se pu-so en pie y se apresuró a rodear la mesa antes de que pudiera irme, poniéndome una mano en mi hombro.

—Sabes que tengo razón. ¿Qué padre querría esto para su hija?

Aparté su mano.

No quería aceptar esa verdad en ese momento.

—No me digas lo que querría mi padre, no puedes saberlo

—afirmé con determinación—. Pero sé que él querría que se hiciera justicia, y eso es lo que estoy intentando hacer.

Sus ojos se encontraron con mi mirada furiosa, y en el tenso silencio que siguió pude sentir la tensión cargada en el aire.

—¿Y crees que vas a ser capaz de trabajar en este estado?

—¿Y todas las familias de esas pobres chicas? —reproché.