En la línea de fuego 219
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El otro volteó los ojos.

—No le hagas caso, está amargado todo el tiempo porque no consigue adelgazar más de dos kilos.

—¡No es mi culpa que mi metabolismo sea lento! —se defendió el grandullón, enfurruñado.

—Eso no es excusa, puedes hacer ejercicio o cambiar tu dieta.

—¡Oye, no generalices! ¡No todos los gordos comemos mal!

Oh, no. Iban a empezar con sus absurdas discusiones.

—¿Vais a escucharme o no?

—Qué remedio —murmuró el grandullón.

—¿Habéis vuelto a presenciar algo inusual en este hospital?

Ambos entrelazaron miradas cuando lancé tal pregunta.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Los rumores aquí vuelan —respondí, encogiéndome de hombros.

Detuve mis pasos cuando llegamos a la puerta de mi nueva habitación.

—No te metas en lo que no te llaman —me advirtió el grandullón antes de dar media vuelta—. Vamos, Mike.

El flacucho, que al parecer se llamaba Mike, dio un respingo.

Pensé que lo seguiría, sin embargo, esperó a que estuviese lo suficientemente lejos como para que no lo escuchara.

—En los sótanos.

—¿Eh?

—Este hospital es muy antiguo, así que tiene sótanos abandonados —reveló, aunque eso ya lo sabía. Incluso descu-220

brí que tenían una jodida bodega ahí abajo—. La mayoría del personal evita hablar de ello, pero hemos escuchado cosas extrañas. Ruidos, sombras. . incluso historias de pasillos que no deberían existir.

Mike miró a su compañero antes de volver a mirarme con temor.

—El otro día vi. . algo.

—¡Mike, vamos! —gritó el grandullón, que estaba esperán-dolo al final del pasillo.

Hizo ademán de marcharse, pero lo tomé por la muñeca.

—¿Qué viste?

Tragó saliva con fuerza.

—Yo. . —Negó con la cabeza—. No estoy muy seguro.

Lo analicé con los ojos entrecerrados, observando su lenguaje corporal. Los hombros encogidos, la mirada evasiva, gestos nerviosos en las manos. .

—Mientes.

Su compañero lo llamó con impaciencia, interrumpiendo de nuevo nuestra conversación.

—Lo siento, tengo que irme.

* * *

Mi sonrisa se ensanchó cuando vi a Landon, sentado en una de las mesas de la sala de visitas con las manos entrelazadas.

Me acerqué con paso decidido, emocionada por compartir los avances que tenía de mi investigación. Seguro que estaba muy orgulloso de mí.

Sin embargo, al observarlo más de cerca, noté que su expresión estaba distante, con una sombra de tristeza en sus ojos.