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—¿Qué. .? ¿Qué ha sido eso? —preguntó Lily, completamente pálida.
Adler se tensó de pies a cabeza, mirando hacia la entrada del comedor con cautela. Otro ruido, más fuerte esta vez, hi-zo que todos se levantaran de golpe, buscando respuestas.
Los tres chicos que estaban custodiando la entrada cerraron ambas puertas, pero de nada iba a servir porque no tenían ningún mecanismo de seguridad.
Todo quedó sumido en un profundo silencio, tan solo podía oír el galope de mi corazón. Un manto de incertidumbre se cernió sobre la sala mientras todos aguardábamos, expectantes.
Los gritos aterrados de las personas se entremezclaron cuando, de pronto, todos los paneles del techo que iluminaban el comedor estallaron, sumiéndonos en la oscuridad total.
—¡Es Matthew! —exclamó uno de los chicos que estaban en la puerta, señalando hacia el pasillo.
Mierda.
No. No. No.
Un alboroto de gritos y movimientos frenéticos llenó la sala mientras la noticia se extendía. Margot intentó mantener la calma, pero su rostro delataba la preocupación.
—¡Permaneced en vuestros lugares! —gritó ella, pero la histeria ya se había apoderado de muchos.
Vi cómo el chico que había dado la noticia no se le ocurría otra cosa que ir hacia la puerta, y entonces me vi a mí misma dando grandes zancadas hacia él para alcanzarlo. Quizás tenía ganas de morir ese día, pero yo no iba a permitir que nos pusiera en peligro a todos.
Justo cuando hice ademán de agarrarlo por el brazo para impedir que abriera la puerta, volví mi atención hacia la di-209
rección donde su rostro desencajado se dirigía, y sentí cómo mi presión bajaba de golpe.
Era cierto.
Matthew se encontraba en el pasillo.
Pero su cuerpo estaba tendido en el suelo sin vida.
Beth, que me había alcanzado, ahogó un grito al verlo y se cubrió la boca con ambas manos.
Aún bajo el impacto de la sorpresa, me acerqué lentamente hacia donde yacía su cuerpo, por si seguía con vida. Pero al verlo de cerca supe enseguida que no. Había fallecido con los ojos abiertos, pero ahora su mirada estaba vacía. No tenía heridas visibles en su cuerpo, tan solo un hilo de sangre que se deslizaba por su nariz y sus oídos.
¿Habría ingerido algo que le provocara esta reacción?
¿Sería algo relacionado con su propia condición mental? ¿U-na manifestación inusual de su trastorno, tal vez?
Mientras mi mente formulaba preguntas sin respuestas, escuché que Beth inquiría con una mueca de desagrado:
—¿Qué le ha pasado?
—No lo sé, pero todo indica que ha fallecido por causas naturales.
—Qué lástima, se merecía una tortura.
La fulminé con la mirada.
—¿Qué? ¡Este tío no iba a parar hasta matarte!
—Cierto —intervino Adler, de brazos cruzados. Miraba al chico con una expresión de frialdad, sin una pizca de remordimiento, como si se acordara de todo lo que me hizo.
Inconscientemente, mi mirada se dirigió hacia el final del pasillo. Entrecerré los ojos, como si una extraña sensación me invadiera. Aunque, a decir verdad, ya estaba acostumbrada a sentirme observada en ese lugar.