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—Supongo.
—Pues en marcha.
* * *
—Sigo sin creer que hayas querido acompañarnos —dijo Beth, dejando un par de hojas en un montón de papeles que había encima de la mesa del despacho—. ¿Qué has hecho con la Lily que conocí hace un par de semanas?
Lily bajó la mirada, jugueteando con un mechón de su cabello rubio. Un leve rubor tiñó sus mejillas mientras sus dedos jugaban nerviosos.
—B-bueno, es solo que. . —titubeó, evitando el contacto visual—. Vosotras me caéis bien y pensé que podría ayudar.
Pero si no queréis que esté no pasa nada, puedo. .
La interrumpí con una sonrisa amistosa:
—Estamos contentas de que estés aquí, Lily. Nos alegra que te vayas abriendo poco a poco a nosotras.
Ella levantó la mirada y me devolvió la sonrisa.
—Los sentimentalismos no van a ayudarnos a resolver es-to más rápido —intervino Beth.
Me puse a su lado y la ayudé a buscar el archivo de Matthew con una sonrisa divertida en mi rostro.
—¿Nunca te han dicho nada bonito?
—No, y el día que lo haga alguien, no va a vivir para contarlo.
Ensanché mi sonrisa, negando con la cabeza.
—¿El chico al que estáis buscando tiene pecas y rizos?
—preguntó Lily, al otro extremo de la mesa. Tenía la mirada fija en un papel que estaba sosteniendo entre sus manos.
Beth y yo entrelazamos miradas antes de rodear la mesa y colocarnos a su lado. Efectivamente, ese era el archivo de 199
Matthew Adams. Reconocería esas pecas y esos rizos en cualquier parte.
—¿Qué pone de él? —preguntó Beth, asomándose.
El informe detallaba su historial médico, tratamientos anteriores y la información recopilada por los profesionales de la salud que lo habían atendido. También se incluían obser-vaciones sobre su comportamiento y síntomas asociados con su enfermedad.
Lily frunció el ceño mientras revisaba el archivo, leyendo algunos fragmentos.
—Parece que ha estado bajo tratamiento durante varios años —resumió ella—. Han probado diferentes medicamentos, pero no parece que hayan encontrado una solución definitiva.
—Aquí hay algo más, chicas —dijo Beth, señalando la hoja con el dedo—. Dice que Matthew ha tenido episodios violentos durante su estancia en el hospital. Ha atacado a otros pacientes en varias ocasiones.
Volteó hacia mí, mirándome de manera significativa, antes de añadir:
—¿Lo ves? No eres la única.
—No sé si me consuela oír eso —murmuré.
—Un momento —intervino Lily—. Aquí pone que tenía un hermano gemelo. Está desaparecido desde hace. . quince años.
Las tres levantamos la mirada de la hoja para observarnos con el mismo semblante de estupefacción.
—¿Quince años? —inquirió Beth, incrédula.
Lily asintió antes de seguir leyendo.
—Sí, según este archivo, el hermano gemelo de Matthew desapareció cuando ambos eran niños. No hay muchos deta-200
lles, solo que nunca se encontró ningún rastro de él. Y, por lo visto. .
Se interrumpió a sí misma cuando percibimos un ruido.
Provenía del exterior del hospital.
Nos asomamos con cautela al único ventanal que disponía el despacho y observamos a un grupo de guardias dirigirse rápidamente hacia el bosque. La urgencia en sus movimientos indicaba que algo inusual estaba ocurriendo.
Apenas nos dio tiempo a articular palabra cuando oímos otro ruido, esta vez provenía del interior. Beth se adelantó y puso la oreja en la puerta para escuchar las voces lejanas.
Cuando se despegó de la puerta, supe que algo iba mal.
Pocas veces nos dirigía una mirada con ese semblante tan serio. No era propio de ella.
—Se ha escapado un paciente del ala de cuidados intensivos.
Tras esa frase, mi mente se desconectó. Alcancé a ver sus labios moverse, pero no escuchaba nada. Solo un zumbido generado por mi propia mente.
Como si supiera exactamente en lo que estaba pensando, Beth se plantó justo enfrente de mí, obligándome a mirarla.
—No sabemos si es Matthew.
—Tiene que ser él —murmuré con voz temblorosa, a punto de entrar en pánico—. Ya has visto su informe. Pone que se ha escapado varias veces y que ha atacado a. .
—Clarke —me cortó de manera abrupta—. Sea quien sea, es peligroso. Así que hay que moverse, no podemos quedarnos aquí.
Pocas veces salía a luz esa Beth, la que tenía la mente fría y dejaba las bromas a un lado para asumir las consecuencias que se le vinieran encima, fueran cuales fueran. Y agradecí enormemente que hubiese salido ahora, porque mi mente es-201
taba completamente bloqueada.
Asentí con la cabeza, tragando saliva con fuerza.
Nos apresuramos en guardar de nuevo todos los archivos.
Lily, a pesar de no decir nada, sabía que en el fondo estaba tan asustada como yo. Incluso me atrevía a decir que se estaba empezando a arrepentir de habernos acompañado.
—Bien —dijo Beth, cerrando el libro donde estaba oculta la llave del cajón—. Saldremos de aquí e iremos directas a nuestra habitación sin levantar sospechas. Cuando llegue-mos, bloquearemos la puerta y esperaremos a que todo vuelva a la normalidad.
Lily y yo asentimos a la vez.
Cuando Beth se aseguró de que lo habíamos entendido a la perfección, abrió la puerta con sigilo. Revisó varias veces la sala de estar, que se encontraba vacía, antes de indicarnos con la mano que la siguiéramos.
Lo cierto es que estaba aterrada. No podía dejar de pensar en la posibilidad de que la pesadilla que acababa de tener se hiciese realidad. Cada vez que girábamos una esquina, sentía cómo mi cuerpo reaccionaba por si nos encontrábamos con él al final del pasillo, esperándome con ese cuchillo afilado. No podía dejar de mirar a mis espaldas por si lo tenía detrás. Y, sobre todo, no podía dejar de recordar esos ojos fríos y esa sonrisa retorcida.
Un grupo de guardias pasó a toda velocidad junto a nosotras. Los seguí con la mirada antes de continuar por nuestro camino.
Cuando no nos dimos cuenta, ya estábamos en nuestra habitación. Bloqueamos la puerta con una silla vieja que había en una esquina de la habitación, colocándola estratégicamente justo debajo del pómulo de la puerta.
—Bueno, no ha sido tan complicado, ¿no? —dijo Beth con 202
una sonrisilla.
Las tres chillamos a la vez, sobresaltadas, cuando oímos que alguien empezó a aporrear nuestra puerta con fuerza.
—¡Soy yo! ¡Adler!
—¿Deberíamos fiarnos? —cuestionó Beth, alzando una ce-ja desconfiada.
Pero yo ya estaba quitando la silla para que pudiese entrar.
—¿Es que no te has visto las películas de Scream? Esas en las que los asesinos se hacen pasar por alguien de confianza para atrapar a sus víctimas desprevenidas. La moraleja es clara, ¡no hay que fiarse de nadie!
En cuanto la puerta ya no estaba siendo bloqueada por ningún objeto, Adler entró precipitadamente.
—¿Estáis bien?
Nos repasó a todas con la mirada, especialmente a mí. Pu-de sentir su alivio al verme sana y salva.
—Sí.
—Se ha escapado un paciente de. .
—Lo sabemos —le cortó Beth—. No vamos por ahí colocando sillas en las puertas por diversión.
—Tenéis que venir conmigo —nos pidió él, todavía con la respiración agitada. Parecía haberse hecho la maratón para llegar hasta aquí.
—¿A dónde?
—Al comedor. Margot está reuniendo a todos los pacientes ahí.
—¿Quién es Margot?
—Ya la conoces. Es esa chica pelirroja que vimos en la fiesta de Halloween.