En la línea de fuego 196
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—Ha sido una pesadilla. Respira.

Di unas cuantas inhalaciones para que mis pulmones se llenaran de aire, lo que funcionó momentáneamente. Mi pulso se ralentizó un poco hasta volver a la normalidad.

Lily, a unos pocos metros, me miraba con completa cara de horror.

—Lo siento, yo. .

—No tienes que disculparte —me interrumpió Beth—.

¿Desde cuándo tienes estas pesadillas?

—El primer día que vino aquí tuvo una —habló Lily, antes de que yo pudiese hacerlo—. Le dije que era normal, ya que. .

bueno, era la primera noche que pasaba en el hospital. Pero, esto. . parece más grave.

Las dos me observaron fijamente, preocupadas.

—Estoy bien.

—No parece que lo estés —murmuró Beth.

—Solo las tengo muy de vez en cuándo.

—Creo que deberías abordar esto con profesionales —me aconsejó Beth—. Lo que tienes parecen ser episodios o crisis de esas bastante jodidas. ¿Es por el accidente de tus padres?

¿Es eso?

—Lo dudo. No paraba de mencionar el nombre de Matthew —añadió Lily con el ceño ligeramente fruncido—. Es ese chico que la atacó en el bosque, ¿verdad?

Tragué saliva con fuerza nada más recordarlo.

—Vale, se acabó —dijo Beth, poniéndose en pie—. Vamos a ir ahora mismo al personal del hospital a informar de esto.

—No puedo.

—¿Por qué no? Hay un loco suelto que intenta matarte.

¿No crees que va siendo hora de que lo sepan?

—No pueden saberlo, Beth —reafirmé con seriedad—. Si lo 197

hacen, nos interrogarán a ambos. Y es probable que salga perjudicada.

—¿Cómo ibas a salir perjudicada? ¡Si eres tú la víctima!

—Hay algo que no os he contado —admití, cabizbaja.

Las miradas de Beth y Lily se cruzaron con cierta confusión.

—Os mentí cuando dije que no lo conocía. Cuando lo vi. .

no sé, algo en él me resultó familiar. Como si ya lo hubiese visto en alguna parte.

El silencio que vino después dio paso a una inquietud palpable en el ambiente.

—¿Qué estás insinuando exactamente? —preguntó Beth.

Solté un suspiro.

—Que tal vez tenga razón.

—¿En qué? ¿En que eres una asesina? Vamos, Clarke. ¡Ese tío está zumbado! ¿Vas a dejar que te coma la cabeza?

Negué con la cabeza de forma casi imperceptible.

—No lo sé, creo que me estoy volviendo loca aquí dentro.

—Tú y todos. Precisamente por eso se trata de escuchar a los que están cuerdos, y no a los andan por ahí perdiendo tornillos.

Suspiró pesadamente antes de sentarse de nuevo al borde de mi cama.

—¿Sigues teniendo esa tarjeta? —me preguntó.

—Creo que sí. ¿Por qué?

—¿Te quedarás más tranquila si nos colamos en el despacho de la directora y le echamos un vistazo al informe de ese chico? Ya le estoy cogiendo el gusto y todo.

Intenté sonreír, pero estaba convencida de que se asemejó más a una mueca distorsionada.