En la línea de fuego 193
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Un destello metálico atrapó mi atención, y mi alivio se desvaneció en ese instante. Fue entonces cuando noté que sostenía algo en su mano. Era un cuchillo, y la luz de la luna bailaba en su hoja afilada y reluciente.

—¿Creías que ibas a librarte de mí? —La voz gélida resonó en el pasillo, y mi corazón se hundió al reconocerla.

—¿Matthew? —susurré con una mezcla de incredulidad y temor en mi voz.

Dio un paso, revelando su rostro. Tenía una sonrisa retorcida en su rostro.

—Tus manos están manchadas de su sangre —espetó, con una voz cargada de una malevolencia que me heló la sangre—. Y vivirás con ello por el resto de tu vida.

Inconscientemente desvié mis ojos hacia abajo, y mi corazón se detuvo al ver que tenía las manos teñidas de rojo. Un frío nudo se formó en mi estómago mientras observaba la mancha carmesí que se extendía en mis palmas y dedos.

No, eso no podía ser sangre.

Era imposible.

—¿Lo ves? —Esbozó una sonrisa agria—. Esa eres tú. Una asesina.

Matthew aprovechó ese pequeño momento de distracción en el que me quedaba completamente perpleja observando mis manos para dirigirse hacia mí a una velocidad sorprendente, acortando la distancia entre nosotros de una forma alarmante.

Mis piernas reaccionaron antes de que mi mente pudiera procesar completamente la situación. Di media vuelta y comencé a correr en dirección opuesta, presa de la adrenalina.

Algunas luces del techo empezaron a parpadear, como si el hospital tuviese vida propia y reaccionara ante la escena.

—¡Asesina! ¡Asesina! ¡Asesina! —La voz de Matthew retum-194

baba en mi mente.

Comencé a abrir desesperadamente las puertas con las que me iba topando por el camino mientras gritaba que alguien me ayudara, pero no había ni una sola alma. La desesperación se apoderaba de mí mientras buscaba una salida en ese laberinto de puertas y pasillos.

No quise arriesgarme a perder el ritmo con tal de comprobar a qué distancia se encontraba de mí, pero sabía que cada vez lo tenía más cerca, tanto que temí que en cualquier momento pudiese sentir esa afilada hoja clavándose en mi espalda.

—¡ASESINA! ¡ASESINA! ¡ASESINA! —Sus gritos se intensifi-caban cada vez más.

Logré visualizar el final del pasillo, que conducía a una sa-la. No sabía si allí habría pacientes, o algún guardia haciendo el turno de noche, pero valdría la pena descubrirlo.

En un último intento, aceleré mis pasos desesperados. Sin embargo, lamentablemente no fue suficiente. Sentí su presencia acercándose rápidamente, como una sombra voraz que se precipitaba sobre mí, y antes de que pudiera reaccionar, ambos caímos al suelo en un golpe seco.

Apoyé mis manos para impulsarme hacia arriba, pero apenas me puse en pie, sentí su mano aferrarse con fuerza en mi tobillo para tirar de mí, arrojándome de nuevo suelo.

—¡No! —grité, forcejeando.

Clavé mis uñas en el suelo en un intento desesperado por no ser arrastrada hacia él, pero al tenerlas manchadas de sangre viscosa resbalaba, dejando un rastro de ese líquido carmesí.

Le propiné una patada en la nariz, haciendo que se retorciera del dolor. Pero eso no bastó para soltarme. Más bien provoqué el efecto contrario. Al haberlo enfurecido más, 195

sentí que ejercía más presión en su agarre hasta dejarme bo-ca arriba.

Se puso encima de mí a horcajadas, tal y como sucedió en el bosque. Y, de pronto, me vi envuelta exactamente en la misma situación. Solo que esta vez no sabía si iba a librarme.

—¡Suéltame!

Alzó el cuchillo con sus dos manos, como si se estuviese preparando para impulsarlo directamente hacia mi pecho.

Sabía que esta vez lo conseguiría. Iba a matarme. Iba a fallar a mi padre, a Landon, a Foster. . a todo el mundo.

—No te resistas más. Este siempre ha sido tu destino.

Y, justamente cuando la punta del cuchillo estuvo a punto de perforar mi piel. .

—¡No! —chillé, abriendo los ojos.

Mi respiración era agitada, y mis mejillas estaban húmedas por las lágrimas que había derramado. Di un respingo, sobresaltada, cuando noté el peso de algo posarse en mis hombros.

—¡Suéltame! —grité, retorciéndose desesperadamente.

—¡Clarke, tranquila!

Cuando reconocí esa voz femenina, parpadeé reiteradas veces, confusa. Fue entonces cuando volví a la realidad.

Ya no estaba en el pasillo, ahora me encontraba en mi ca-ma. Observé mis manos temblorosas, limpias de cualquier rastro de sangre.

Beth me miraba con la clara preocupación palpando en su rostro. Tenía ambas manos apoyadas en mi hombro para intentar tranquilizarme. Mi corazón aún latía con fuerza, recordándome el terror que acababa de experimentar.