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—Oh. Hola, Nils.
—¿Puedo sentarme con vosotros?
—No —dijo Adler, tajante.
—Claro. —Sonreí, dejándole un hueco a mi lado.
Fulminé a Adler con la mirada mientras lo empujaba un poco para que le dejara espacio a mi otro lado en el banco.
Beth, que estaba justo enfrente de mí, observó la situación algo divertida.
—¿De qué hablabais?
—Del asesino Nolan Jenkins —contestó Lily sin rodeos.
—Está claro que mantener secretos no es tu punto fuerte.
—Beth rodó los ojos con sarcasmo.
Lily, de pronto, se puso muy roja.
—Es decir. . yo. . ejem. .
—Oh, sí. Sé quién es —respondió Nils con desinterés.
Giré mi cabeza demasiado abruptamente hacia él.
—¿Lo conoces?
Mi pregunta sonó con un poco de urgencia, así que ca-rraspeé la garganta y traté de decirlo con más suavidad:
—Es decir. . ¿Lo has visto en este hospital?
—No, hace tiempo que lo trasladaron a otro centro.
Mi mundo pareció detenerse en ese preciso instante.
Hubo intercambio de miradas rápidas entre el resto del grupo.
—Pero. . eso es imposible. Su nombre aún figura en los registros.
—Los tendrán pendientes de actualizar —contestó, encogiéndose de hombros.
Entreabrí los labios para decir algo, pero se me había se-cado la garganta. Adler lo notó y decidió hacer las preguntas 186
por mí:
—¿Hablaste con él?
—Sí, una vez coincidimos en una terapia grupal que iba sobre apoyo emocional para aquellos que habían experimentado pérdidas significativas en sus vidas, o algo así. —Se encogió de hombros—. ¿Por qué tanto inter. .?
—¿Y dijo algo sobre una chica llamada Alyssa Hall? ¿Sabes si estuvo saliendo con ella?
Comprendí la razón detrás de su pregunta. Si Nolan par-ticipaba en esa sesión, era probable que hubiera sufrido una pérdida reciente en su vida. Y no me hizo falta ser muy lista para saber que Adler tenía un nombre en mente.
El rostro de Nils se transformó por completo al oír ese nombre.
—¿Alyssa Hall? —repitió, perplejo—. ¿De qué. .? ¿De qué la conoces?
—Es mi hermana. Era —corrigió, apretando los dientes—.
¿Estuvo saliendo con ella o no?
De pronto, Nils parecía visiblemente nervioso. Evitaba su mirada y movía una de sus piernas frenéticamente, como si estuviera lidiando con una ansiedad repentina que intentaba disimular.
—No.
—¿Y cómo estás tan seguro?
Él tragó saliva con fuerza.
—Porque lo sé.
Adler estaba a punto de decir algo más cuando, de repente, un grito aterrador resonó desde el pasillo más cercano, sumiendo el comedor en un denso silencio.
Todos nos miramos a la vez antes de ponernos en pie y correr hacia la salida del comedor para averiguar qué había 187
sucedido.
Detuve mis pasos de golpe cuando vi la escena que se extendía frente a nosotros.
Una chica joven sollozaba desconsoladamente y temblaba mientras observaba a la figura de otra joven suspendida en el aire por una cuerda. Sus pies no tocaban el suelo, haciendo que su cuerpo se meciera suavemente desde el techo. Tenía el cuello completamente roto por la presión que ejerció el tirón, los ojos muy abiertos y el rostro azulado por falta de oxígeno.
El pasillo estaba impregnado de un silencio abrumador, solo interrumpido por los sollozos ahogados de la joven, quien, paralizada por el miedo, apenas podía articular palabra alguna.
Sin apenas recuperarme de esa escena, noté que a pocos metros, en otra sala contigua, otra figura colgaba del techo, siguiendo el mismo patrón. Pero, esta vez, la joven había usado unas sábanas en lugar de una cuerda para ahogarse.
Lily se cubrió la boca con ambas manos, como si sintiera unas inmensas náuseas, y junto a Beth desaparecieron por el pasillo.
Los guardias pasaron por nuestro lado a toda velocidad para bajar a las dos jóvenes del techo, pero ya no había nada que hacer.
Adler, a mi lado, empezó a temblar de la rabia. Y sin emitir ninguna palabra, sabía a qué se debía ese enfado. Probablemente estaba empezando a comprender que, detrás de esos suicidios, no habían otros culpables que los propios autores.
Se alejó de la escena dando grandes zancadas.
—¡Adler, espera!
Lo seguí por detrás a duras penas, pero iba muy deprisa.
Cuando cruzó varios pasillos, me di cuenta de a dónde se es-188
taba dirigiendo.
La puerta golpeó con fuerza la pared cuando Adler irrumpió en el despacho de la directora. Ella levantó la mirada, claramente desconcertada por la entrada abrupta.
—¡¿Cómo es posible que dos personas se hayan quitado la vida en este hospital en cuestión de minutos?!
La directora pareció sorprenderse ante la noticia. Al parecer era tan reciente que no había llegado a sus oídos aún. Pe-ro trató de mantenerse serena, y se puso de pie con mucha dignidad, cruzando sus manos por delante.
—Comprendo que esto sea angustiante, pero no puede culpar al hospital por decisiones individuales tan trágicas.
—¡No me venga con rodeos! —gritó Adler, señalándola con furia—. ¿Acaso no tiene la responsabilidad de velar por la seguridad y el bienestar de los pacientes? ¿No es ese el discursito que les suelta a los familiares antes de decidir meterlos en este hospital de mierda?
—Adler. . —le advertí, colocándole una mano en el hombro con suavidad.
Pero él apartó mí mano con rudeza.
—La tenemos, pero no podemos prever cada acción de cada persona. La salud mental es un terreno delicado y complejo.
—¿Delicado y complejo? —Se rió con amargura—. ¿Eso es todo lo que tiene que decir? ¿Cómo puede ser que dos personas encuentren la manera de quitarse la vida aquí y usted parezca estar acostumbrada?
Aunque la directora mantuvo su compostura, sus ojos revelaban una mezcla palpable de frustración y compasión.
—Desgraciadamente, me encuentro a diario con este tipo de incidentes. Pero aprendemos de cada uno de ellos y me-joramos continuamente nuestros protocolos.