En la línea de fuego 180
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—Buenas noches, estimados pacientes. Les habla la directora Gerlach. Vengo a informarles de que se ha perdido una niña en las instalaciones de este hospital, y necesito la colabo-ración de todos ustedes para encontrarla. Muchas gracias.

Las miradas de todos nosotros se entrelazaron en un silencio inquietante. Renata, sin embargo, permanecía ajena a la realidad, sumida en su propio mundo.

—Menudo cerebrito la directora —ironizó Adler—, usando los altavoces para avisar.

—¿Y eso qué tiene de malo? —Lily frunció sus cejas rubias.

—Pues que lo ha hecho sabiendo que hay pedófilos aquí que si la encontraran, lo último que harían sería entregarla.

—Es la segunda vez en toda la noche que estoy de acuerdo con el encapuchado —aseguró Beth—. Oye, y… ¿No nos van a dar una recompensa por encontrarla o algo así?

—Eso no importa ahora mismo, Beth. —Rodé los ojos.

—¡Pues claro que importa! Imagínate que nos dan diez mil dólares por ella. Se la entrego hasta con un lazo si hace falta.

Solté un largo suspiro.

—Hay que decirle a la directora que encontramos a la niña

—dictaminó Adler—. Es lo correcto.

Lo dudé por un momento, mirando a Renata. Parecía no haberse dado cuenta de que era la niña a la que buscaban.

A pesar de no conocerla, no podía evitar sentirme preocupada por su bienestar, y la idea de entregarla a la directora sin saber nada sobre su historia o lo que le había llevado a estar en este hospital me resultaba difícil de aceptar.

Pero supongo que no podíamos hacer otra cosa. Adler tenía razón, era lo correcto.

—Está bien, lo haremos.

Le pedí a Renata que me siguiera. Me sorprendió que 181

confiara tanto en mí que ni siquiera se molestara en preguntar a dónde la iba a llevar.

Lily volvió a recostarse, intentando conciliar el sueño.

Beth también decidió quedarse en la habitación, pero nos hi-zo prometer que si nos daban alguna recompensa por haberla encontrado, por más pequeña que fuera, ella también obtendría una parte del beneficio.

Mientras avanzábamos por los pasillos, con Renata a mi lado y Adler siguiéndonos de cerca, empecé a maquinar algunas mentiras para decirle a la directora, ya que era evidente que lo primero que preguntaría sería el lugar exacto donde la encontramos. Y no podíamos dejar que supiera que habíamos estado en una fiesta clandestina que organizaban los propios pacientes.

Di unos toques a la puerta de su despacho con los nudillos. Tras escuchar un "adelante", entramos los tres.

—¿En qué os puedo ayudar? —preguntó, sin apartar la mirada del papel en el que estaba concentrada escribiendo.

—Hemos encontrado a la niña.

Detuvo el bolígrafo, abandonando momentáneamente su tarea. Alzó la mirada, y sus ojos se encontraron con los de la niña. Un brillo especial pareció iluminar sus ojos.

—Gracias a Dios —susurró, colocando una mano sobre su corazón de una forma un poco exagerada.

—Íbamos de camino a los baños cuando la hemos visto sentada en el suelo del pasillo —mentí, tratando de mantener la coherencia con todo lo que había tejido previamente en mi mente.

Tan solo le bastó escuchar eso para creerme, porque asintió una vez con la cabeza sin apenas mirarme y se centró únicamente en la niña.

Rodeó la mesa y se agachó para estar a su altura.