En la línea de fuego 171
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Esbocé una sonrisa, tratando de transmitirle tranquilidad.

—Vamos a irnos de aquí juntas y todo estará bien, ¿sí?

La niña asintió tímidamente, aferrándose al peluche.

Renata y yo seguimos a Adler mientras avanzábamos por el pasillo.

—¿Dónde están tus padres? —le pregunté mientras andábamos.

Ella se encogió de hombros.

—¿Te has perdido? ¿Es eso?

Asintió con la cabeza.

—¿Y cómo has llegado hasta este hospital?

De pronto, un grupo de guardias apareció al final del pasillo. Sus linternas nos enfocaron de golpe y comenzaron a darnos órdenes para detenernos.

Adler tomó un camino lateral, guiándonos por laberínti-cos corredores en un intento de evadir a los guardias.

Corríamos en silencio, solo interrumpido por el eco de nuestros pasos y el latido acelerado de nuestros corazones.

Renata, aunque estaba bastante asustada, mantenía nuestro ritmo, confiando en que la llevaríamos a un lugar seguro.

Desesperados por escondernos en algún lugar, abrimos una puerta que apareció en nuestro camino y la cerramos detrás de nosotros con cuidado, tratando de no hacer ruido.

Solté un suspiro de alivio, permitiéndome unos segundos recobrar el aliento.

Adler miró a su alrededor, entrecerrando los ojos e intentando enfocar la vista entre la oscuridad.

—Un momento —murmuró, y comenzó a tantear la pared.

—¿Qué haces? —le pregunté.

Unos segundos después, se oyó un click, como si hubiese 172

pulsado un interruptor, y toda la estancia se iluminó.

—Mierda —masculló.

—Te he dicho que no digas palabrotas delante de. .

—Estamos en la sala de control de electricidad —afirmó, haciendo que me callara de golpe—. Aquí es donde se dirigen los guardias.

Le eché un vistazo al lugar para corroborarlo.

Estábamos en una especie de sala que resonaba con un constante zumbido producido por la maquinaria eléctrica, que era probablemente la que mantenía en funcionamiento todo el complejo. Los paneles de control, dispuestos en una pared, creaban una iluminación intermitente. Cables de colores serpenteados se entrelazaban y conectaban entre sí, formando una red compleja que se extendía por toda la sala.

—Nos hemos metido de lleno en la boca del lobo —añadió.

Noté que Renata se estremecía un poco al escucharlo. No supe muy bien si había entendido esa metáfora o era demasiado pequeña como para creer que no lo había dicho en sentido literal.

—¿Y ahora qué hacemos?

Adler se pasó una mano por el pelo, pensativo.

—No lo sé. No podemos impedir que entren.

Ver que no reaccionaba y que tiraba la toalla con tanta facilidad hizo que mi frustración aumentara aún más.

—¿Estás insinuando que nos entreguemos?

—Terminarán encontrándonos tarde o temprano.

—Pero. . ¡no pueden pillarme! ¡Si lo hacen, me enviarán otra vez a la última unidad! ¡O peor aún, me expulsarán del hospital!

—¿Te crees que no lo sé? Estoy igual de jodido que tú.

Tuve que tragarme mi primera contestación, que fue de-173

cirle que no era verdad, porque yo me estaba jugando mi trabajo. Así que me limité a contestar la segunda:

—¡Pues entonces hagamos algo!

—¡Te recuerdo que estamos aquí por tu culpa!

Abrí la boca, claramente ofendida.

—¿Disculpa?

—¡Has sido tú quien ha decidido ir detrás de esta niña!

Noté que la pequeña daba un tirón a mi camiseta, pero la ignoré, presa de la furia.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Dejarla sola? —inquirí, buscando una forma de hacer que Adler entrara en razón.

—¡No es nuestra responsabilidad, Clarke!

Solté una risa sarcástica.

—¿No puedes tener un poco de empatía? ¡Es una niña!

—¡Sí, una niña que no sabemos de dónde ha salido!

De nuevo, noté que Renata tiraba de mi camiseta.

—¡Pues más motivos para preocuparse por ella en vez de dejarla ahí tirada!

—¡No podemos tomar decisiones a la ligera! ¿Qué sabemos de ella? ¡Nada!

—Vamos, mírala. ¿Cómo va a ser peligrosa? ¡Si está aterrada!

—Los hombres malos se están acercando —escuchamos decir a Renata de pronto.

Estábamos tan inmersos en la discusión que pasamos por alto los tenues pasos que resonaban en el pasillo, cada vez más cerca.

—Vamos a escondernos ahora mismo. Los tres —enfaticé, mirando fijamente a Adler—. Y vas a aceptar porque no voy a permitir que ninguno de los que estamos aquí salga perjudi-174

cado, ¿de acuerdo?

Adler soltó un suspiro de resignación, pero por lo menos aceptó.

Él se escondió detrás de una maquinaria lo suficientemente ancha como para ocultar parte de su cuerpo. Renata y yo, en cambio, nos acomodamos en otro lugar estratégico de la sala, utilizando la compleja red de cables y paneles eléctri-cos para escondernos en las sombras.

Fue justo en ese instante cuando oímos la puerta abriéndose.

—¿Ha venido ya el técnico? —escuché que decía uno.

—No creo que sea necesario. Seguro que ha sido un cortocircuito.

—¿Un cortocircuito que apaga todo el sistema de una planta entera? No lo creo.

Mientras hablaban, sus linternas iluminaban la sala, explorando cada rincón en busca de pistas.

—¿Y qué sugieres? —preguntó el otro. Al parecer eran so-lo dos.

—No pasarlo por alto e investigarlo bien —contestó—. No sabemos si es un fallo técnico o si alguien está intentando sabotear el sistema.

—¿Un sabotaje? Vamos, tío. No exageres. Nadie tiene motivos para hacer eso.

—Nunca subestimes lo que puede pasar en este lugar. Ya sabes cómo son las cosas aquí. Podría ser cualquier cosa.

Adler y yo intercambiamos una mirada desde nuestros escondites.

—Está bien, revisemos los paneles de control y veamos si podemos reiniciar esto.

Las linternas barrían la sala, iluminando parte de la ma-175

quinaria, pero por suerte estábamos todos bien escondidos.

La tensión en el aire aumentaba mientras esperábamos a que se alejaran de nuestros escondites, sin saber cuánto tiempo podríamos mantenernos ocultos sin ser detectados.

Tras un denso silencio, escuchamos a uno de ellos decir:

—Ven a ver esto.

Las botas del otro resonaron por el piso.

—¿Qué ocurre?

—Los paneles están intactos, no parece que alguien haya manipulado nada desde aquí.

—Te lo dije, idiota.

—¿No te parece extraño?

—¿Quieres relajarte? Siempre intentas buscar problemas donde no los hay.

—Pero, no es normal que todo el sistema se apague sin razón aparente.

—Mira, tío, ya he trabajado aquí lo suficiente como para saber que aquí pasan cosas raras todo el tiempo. ¿Recuerdas la vez que las puertas automáticas se abrieron solas en el ala de cuidados intensivos? Nadie supo porqué, pero al final to-do volvió a la normalidad.

—Sí, pero esto es diferente. No hay ninguna explicación lógica para un apagón tan generalizado.

—¿Y la hubo cuando se abrieron solas esas puertas? ¿O

cuando el ascensor bajó solo hasta el sótano? Esto es solo otro misterio más en este hospital, tío.

Me asomé un poco para verlos. Uno de los dos rodó los ojos, menos preocupado.

—Si revisamos todo el lugar, ¿vas a quedarte más tranquilo?

—Probablemente.