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—Dime, cielo. ¿De qué te escondías?
Pero ella miraba desconfiada a Adler. Al parecer no le transmitía la misma confianza que yo, y eso que a ninguno de los dos nos conocía.
—Hay que irnos de aquí —me informó él—. El panel de control de electricidad está en los sótanos, y los de seguridad no tardarán en bajar para revisarlo después del apagón que ha habido.
Asentí con la cabeza y extendí mi mano hacia la niña.
—¿Vienes conmigo, Renata?
Negó con la cabeza.
—Si nos quedamos aquí, bajarán unos hombres malos y nos atraparán.
—Él es un hombre malo —dijo, señalando con su diminuto dedo a Adler.
—Vaya, qué simpática. —Volteó los ojos—. Me acaba de recordar por qué odio tanto a los niños.
Lo fulminé con la mirada, antes de girarme de nuevo hacia la niña.
—Él no es malo, solo quiere ayudarnos.
—Todos los hombres son malos —contestó con esa voz inocente.
Suspiré.
—Vale, si no quieres ir con él lo entenderé. Pero no querrás poner en peligro a Pelusín, ¿verdad?
Miró de reojo al oso durante varios segundos, dubitativa, como si se lo estuviese replanteando.
Casi solté un gritito de emoción cuando la pequeña finalmente tomó mi mano, y me miró con una mezcla de miedo y duda. Al parecer la confianza no era algo que pudiera otorgar fácilmente, pero parecía dispuesta a darme una oportunidad.