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Lo observó un momento, satisfecha, antes de regresar la mirada hacia mí. Lo extendió un poco para que lo viera bien.
Me pareció adorable ese gesto.
Era un oso bastante poco agraciado. Le faltaba un ojo que había intentado sustituir con un botón, tenía un brazo des-cosido y las costuras estaban deshilachadas, dejando al descubierto pequeñas partes del relleno de algodón en su interior. Pero no iba a admitirlo delante de ella, claro.
—¿Y cómo te llamas tú?
Ella se secó las lágrimas que habían caído de sus ojos con una de sus manitas.
—Renata.
—Es un nombre muy bonito también. Yo soy Clarke.
—¿Clarke? —repitió.
Me miró de arriba a abajo, frunciendo el ceño.
—¿No te gusta?
De pronto, parecía bastante confundida. Se limitó a encogerse de hombros.
—¿Qué haces en este lugar? —pregunté.
—Me. . me estaba escondiendo de. .
Se calló de golpe cuando percibió algo detrás de mí. Me giré, asustada, pero me tranquilicé al ver que se trataba de Adler.
—Al fin te encuentro. ¿Desde cuándo corres tanto? —inquirió con la respiración jadeada, apoyando sus manos a ambas rodillas.
Cuando alzó la mirada de nuevo y vio a la niña que había al final del pasillo, murmuró completamente perplejo:
—¿Qué diablos hace una niña aquí?
Me centré de nuevo en ella, ignorándolo. Ahora la prioridad central era esa niña.