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—. .preciosa.
Ambas volteamos hacia la persona que había dicho eso.
Nils me observaba con una pequeña sonrisa.
—¿Te gustaría bailar? —me preguntó.
Miré por encima de su hombro. Adler seguía bebiendo de su botella de vino sin despegar los ojos de mí.
—Tal vez luego —contesté, tratando de no sonar maledu-cada.
Lo entendió todo cuando se giró hacia la dirección donde estaba mirando. Asintió lentamente, mirándome de una forma bastante juzgadora.
—Sí, claro —dijo finalmente, carraspeando la garganta y poniéndose a un lado para que pudiese pasar.
—Yo bailaré contigo, Nils —se ofreció Beth, dándole unas palmaditas en la espalda.
Mientras lo conducía hacia la zona del medio, se giró un momento hacia mí y le devolví la mirada, agradecida. Sin embargo, cuando me volví hacia donde había visto a Adler, ya no estaba.
Fruncí el ceño y miré a mi alrededor, tratando de ver por encima de las cabezas de la multitud, pero no logré localizar su distintiva mata de pelo rubio en ninguna parte.
Lo que sí que vi fue a una pelirroja charlando con sus amigas. Quizás ella sabría a dónde estaba.
Me aproximé a su grupo y decidí tocarle el hombro para llamar su atención, pero en lugar de girarse por completo hacia mí, solo me miró de reojo antes de volver a concen-trarse en su conversación con sus amigas.
Volví a intentarlo una vez más, pero la reacción fue la misma. Es más, en el segundo intento ni siquiera se molestó en mirarme. Así que no me quedó más remedio que pregun-163
tar directamente.
—¿Has visto a Adler?
—¿Qué?
—Que si has visto a. .
—¿Qué?
—¡Que si has vist. .!
—¡No te oigo! —gritó entre el bullicio de la fiesta.
—Pues yo te escucho perfectamente y estamos a la misma distancia. —Alcé una ceja, cruzándome de brazos.
Se giró por completo hacia mí, soltando un bufido despectivo, como si girarse le supusiera un gran esfuerzo.
—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy hablando con gente?
¿A esa qué mosca que le había picado para hablarme así?
—No quería interrumpir, solo quería saber si. .
—¿Tus padres no te han dado educación o qué? —espetó, y se giró de nuevo para seguir hablando con sus amigas.
Mi paciencia se agotó al instante.
—No vuelvas a mencionar a mi familia —murmuré entre dientes.
Volteó hacia mí, esta vez con una sonrisa provocativa en su rostro, y se cruzó de brazos.
—Dime, ¿quién fue? —preguntó, manteniendo esa sonrisa.
—¿Qué? —inquirí, confusa.
—¿Quién de los dos falló en tu educación? ¿Tu padre o tu madre?
Oh, no. Eso sí que no.
Noté cómo mi ira se desataba con ese comentario tan hi-riente. Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolieron las sienes. Tenía los puños apretados a ambos lados de mi cuerpo, sintiendo cómo mis uñas se clavaban en mi piel cada 164
vez más.
Lo que hice fue sin pensarlo ni premeditarlo un segundo.
Antes de que pudiese controlarlo, la empujé tan fuerte que chocó de espaldas con sus amigas, perdiendo el equilibrio y llevándose consigo a otra chica en su caída.
Todo el mundo quedó boquiabierto y en silencio. Las conversaciones se detuvieron, y las personas se giraron para ver lo que estaba sucediendo. Algunas personas las intentaron ayudar a levantarse, mientras que otras observaban la escena con expresiones de sorpresa y asombro.
—La próxima vez que menciones a mi familia, asegúrate de que yo no esté delante —le advertí muy seria, saboreando las palabras—. Porque sino te aseguro que un empujón será lo más pacífico que te haré.
Beth se apresuró a llegar hasta mí.
—¿Qué ha pasado?
Pero no iba a contestarle, estaba demasiado furiosa.
Di media vuelta y me abrí paso entre la multitud para salir de ahí. No miré hacia atrás, seguí andando, buscando un lugar tranquilo para relajarme, hasta que llegué a una especie de bodega, repleta de vinos y barricas de roble.
Inhalé hondo varias veces, tratando de disipar los nervios que tenía. Ahora mismo me sentía como una bomba a punto de estallar. Y eso solo ocurría siempre que mencionaban a mi padre.
Mi infancia no había sido fácil. Me crié en un orfanato, rodeada de niños y niñas crueles que se burlaban de mí por el rumor que se corrió ahí dentro. Se decía que mis padres no habían muerto, sino que me abandonaron porque ni ellos mismos pudieron aguantarme.
Ni siquiera yo sabía si ese rumor era cierto, no me acordaba de ellos.