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Volteé los ojos cuando escuché que la amiga de Clarke soltaba un chillido.
—¡Mi canción favorita! —exclamó entre entre el alboroto de la fiesta.
Cómo odiaba esa clase de chicas. Eran ruidosas y molestas. ¿No podían simplemente callarse un rato y disfrutar de la canción?
Le di otro trago a la botella de vino, manteniéndome apoyado en la pared con una actitud relajada. Iba a darle otro sorbo, pero me detuve a mitad cuando mis ojos se clavaron en una chica que acababa de entrar en la sala.
Y, en ese instante, todo lo demás pareció desvanecerse.
Llevaba unas enormes alas blancas en su espalda y avanzaba con su mirada cautivadora. Era como si la música hubiera sido creada solo para acompañar su entrada. Su larga cabellera castaña caía con gracia y fluidez sobre sus hombros. Llevaba puesto un vestido blanco y corto de tirantes que parecía hecho a medida. Se ajustaba a su diminuta cintura y caía en volandas hasta un poco más arriba de sus rodillas, dejando sus piernas descubiertas.
En su cabeza llevaba una diadema de plumas que complementaba con sus alas, y sus manos estaban cubiertas por unos guantes blancos que llegaban hasta sus codos, acentuan-do su encanto.
Detuvo sus pasos y comenzó a recorrer la estancia con la mirada, como si estuviera buscando a alguien. Cuando sus ojos azules se encontraron con los míos desde la lejanía, entre la multitud y la música atronadora, solo existimos nosotros dos.
Y, por un momento, solo un momento, imaginé que no estábamos en un manicomio. Que nos encontrábamos en el bar de un barrio cualquiera de la ciudad, charlábamos durante 161
horas entre risas y tragos, y acabábamos los dos borrachos en mi casa. O tal vez en la suya.
Sus labios se curvaron hacia arriba, y una de mis comisuras se elevó sin siquiera poder controlarlo. Entonces supe que estaba jodidamente perdido.
Desde que llegué a ese hospital, nadie me había causado algo tan fuerte como para provocarme una simple sonrisa. Y
ahí estaba ella, haciendo que sonriera con tan solo su presencia.
Ella ya sabía que, de alguna forma, me había ayudado a dejar de pensar en el tema de mi hermana. Pero, lo que no sabía en realidad es que no era precisamente porque fuera una distracción, sino porque se acabó convirtiendo en otra obsesión.
JULES
Verlo vestido completamente de negro hizo que cada partícula de mi ser se pusiera nerviosa. Esa noche estaba mucho más guapo de lo habitual. De alguna forma destacaba en medio de la bulliciosa fiesta, por eso no fue muy difícil para mí localizarlo.
Decidida, di un paso para acercarme a él, pero alguien se interpuso en mi camino.
—¡Clarke, has venido! —Beth sonrió.
—Sí, supongo que la idea de quedarme no me entusiasmaba demasiado.
Beth me miró de arriba a abajo, analizando mi disfraz con suma atención.
—Dios mío, estás. .