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—Porque se supone que este es el más seguro.
—Pues está claro que no lo es.
—Bueno, por lo menos tiene una bodega donde podemos emborracharnos todo lo que queramos. —Se encogió de hombros—. Incluso podemos bajar siempre que nos apetezca sin que se den cuenta.
No se me escapó la miradita que me lanzó.
—Soy Margot, por cierto.
—Adler —dije a modo de saludo.
—Lo sé. Tu nombre suele estar en la boca de muchas chicas de aquí.
Margot era esa clase de chicas que les gustaba gustar, era más que evidente. Era atractiva y lo sabía, y lo usaba a su favor para coquetear con los hombres que se le antojaban. Me bastó una conversación de menos de un minuto con ella para darme cuenta.
—Oye, ¿quieres bailar conmigo?
Y ahí estaba el flirteo.
—Tal vez luego —contesté, tratando de no sonar maledu-cado.
Pasé por su lado y accedí a la sala donde estaba todo el mundo bailando la canción que sonaba por los diversos altavoces. Las paredes eran tan gruesas que probablemente estaban insonorizadas, por lo que a nadie le preocupaba que el volumen de la música estuviese demasiado elevado.
Me apoyé en una de las paredes y le di un trago a la botella, observando con desinterés a los presentes. Todos estaban disfrazados, las chicas de ángeles blancos y los chicos de ángeles negros. Yo me había limitado a ponerme una camiseta negra de manga corta y unos tejanos del mismo color. Pasaba de ponerme cursiladas en la espalda o la cabeza.