En la línea de fuego 157
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Solté un suspiro, mirando al techo.

—Supongo que Beth te lo habrá contado ya.

—Sí, pero supongo que necesito oírlo de tu boca. Beth. .

bueno, ya sabes. Suele exagerar las cosas.

Emití una risa silenciosa.

—Esta vez no creo que exagerara, porque sí, un chico intentó matarme.

El silencio impregnó de nuevo toda la habitación.

—¿Lo conocías?

Negué con la cabeza.

—¿A quién iba a matar yo? —murmuré—. Por Dios, si hasta de pequeña lloraba cuando pisaba una hormiga sin querer porque pensaba que se había quedado sin familia.

Las dos nos echamos a reír.

ADLER

Alcohol.

Ese era el único motivo por el que había decidido asistir a esa estúpida fiesta de disfraces.

Había tantas botellas de vino y licor en esa bodega que estaba convencido que no quedaría una sola alma sobria antes de que saliera el sol.

En los rincones había espesas cortinas de polvo y telarañas, y las paredes eran de piedra y estaban desgastadas, al igual que las vigas de madera que sostenían el techo. Daba la impresión de que en cualquier momento ese lugar se vendría abajo.

Era evidente que no bajaba nadie aquí desde hacía por lo 158

menos siglos. Me preguntaba por qué demonios habría una bodega en un hospital psiquiátrico. No es que fuese muy habitual.

El lugar estaba repleto de estanterías con botellas de vino y barricas de roble. Les eché un vistazo y terminé decantán-dome por una.

Vi por el rabillo del ojo a una mata de pelo pelirroja acercándose.

—Antinori —dijo, observando la botella que acababa de coger—. Buena elección.

Asentí en silencio y retiré el corcho para darle un sorbo.

Mientras el alcohol se deslizaba por mi garganta, pude sentir su mirada siguiendo el movimiento.

—¿Cómo está tu amiga?

—Bien.

—Me alegro. —Sonrió ampliamente—. ¿Ha venido?

—No —contesté con demasiada rapidez.

Lo primero que había hecho al entrar a la bodega fue buscarla con la mirada, pero supe que no había venido cuando vi que estaba su amiga. ¿Cómo se llamaba? ¿Betty? ¿Brenda?

¿Betsey?

Después de lo que le pasó ayer, casi que prefería que Clarke se quedara en su habitación por si ese gilipollas se dignaba a volver.

—Conoces a ese chico, ¿no? Mencionaste su nombre.

Ella suspiró pesadamente al recordarlo.

—Todo el mundo lo conoce —respondió—. Se ha escapado alguna que otra vez de su habitación y ha atacado a guardias de seguridad.

—¿Y por qué no lo trasladan a otro hospital más seguro?

Aquí pone en peligro a todo el mundo.