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En la escuela la cosa no mejoró. Me llamaban "la huérfana"
después de que los niños descubrieran que no tenía familia, solo un padre, y ni siquiera era mi padre biológico.
Podía soportar que me faltaran el respeto a mí, pero cuando se lo faltaban a mi padre acababa teniendo un arrebato de ira. Y a veces no podía controlarla. Era como si tomara el control de mi cuerpo y necesitara liberar esa tensión contra los demás. Algunas veces me limitaba a dar empujo-nes, pero otras veces me pasaba de la raya. Llegué a romperle la nariz a un chico lanzándole un par de puñetazos en la cara.
—No pensé que vendrías.
Me giré de golpe cuando escuché otra voz.
Adler estaba apoyado en una de las barricas de roble con una mano metida en su bolsillo y la otra sujetando una botella de vino.
—Y me arrepiento de haberlo hecho —murmuré—. ¿Dónde estabas? No te encontraba.
—¿Me estabas buscando? —Alzó una ceja, divertido.
Me ruboricé al instante.
—No. O sea, sí. Es decir. ., bueno. .
Se separó de la barrica y se aproximó lentamente, clavando sus ojos en mí con demasiada profundidad. Tuve que alzar la cabeza cuando se detuvo justo enfrente de mí, muy cerca, haciéndose más notoria la diferencia de altura.
—Te noto alterada.
Apartó un mechón de mi cabello y reposó su mano en mi nuca, dejándola ahí.
—Es que he tenido una pequeña discusión con alguien.
Se mordió ligeramente los labios mientras observaba los míos. Seguí ese gesto con la mirada, y mi corazón bombeó 166
con fuerza.
Vale, definitivamente no estaba alterada por la discusión.
Ahora era por otra. . cosa.
—Existen muchas formas de liberar tensiones.
Sentí un cosquilleo en partes que no debería sentir.
—¿Ah, sí? —le provoqué, siguiéndole el juego—. ¿Cómo cuáles?
Estuvo a punto de contestarme cuando un ruido resonó desde la bodega.
Intercambiamos una mirada, borrando nuestras sonrisas de golpe, y volteamos hacia el lugar de donde provenía el ruido. Durante todo ese tiempo creímos que estábamos solos, pero ese ruido claramente lo había provocado alguien.
Adler tomó la delantera y yo lo seguí por detrás. Se acercó a una de las columnas de ladrillo que sostenían el techo, pensando que sería un buen lugar donde esconderse, pero no había nadie.
—¿Por qué no sales y te hago una charla sobre escuchar conversaciones ajenas? —inquirió él, paseándose por el lugar.
Seguimos recorriendo la estancia, observando todas y ca-da una de las barricas de roble que habían apiladas. Pasé el dedo por encima. Tenían polvo y estaban mugrientas.
—Vamos, sal —insistió Adler.
Fruncí el ceño cuando percibí marcas de mano y huellas en una de ellas. Mi trabajo me había enseñado a distinguir evidencias sólidas, y esas parecían recientes.
Entreabrí los labios para avisar a Adler, cuando de pronto todas las luces estallaron. No tardamos en escuchar los gritos de sorpresa de los integrantes de la fiesta.
Se había ido la luz de toda la planta.